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Área Privada

El Consejo

Hermandades isleñas extinguidas


Hermandades dieciochescas extinguidas

    Fernando Mósig Pérez, 2007.

    Introducción.

    Además de las hermandades y cofradías vigentes, las iglesias de la ciudad de San Fernando contaron con otras numerosas hermandades y congregaciones hoy extinguidas. ¿Qué fue de estas hermandades isleñas? ¿Cuándo se fundaron, cuál fue su trayectoria histórica y por qué desaparecieron? La respuesta a estas preguntas es materia para la envergadura de un libro. Aquí nos limitaremos a ofrecer unas gruesas pinceladas al respecto, concisas pero ilustrativas, contentándonos con posar fugazmente la mirada sobre la brillante y a la vez irregular historia de estas corporaciones, la mayoría de ellas sacramentales, letíficas, de gloria o marianas. Y con reflexionar en plan manriqueño, gracias a ellas, acerca de la inexorable caducidad de las instituciones humanas.

    Dividimos la exposición de los copiosos datos en dos apartados que se corresponden con los dos grandes períodos históricos durante los que eclosionaron estas piadosas asociaciones del fieles, un par de períodos que estuvieron separados por las décadas centrales del siglo XIX que fueron tan azarosas para estas hermandades: 1) el siglo XVIII, incluyendo los lustros finales del XVII y los primeros del XIX; y 2) el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX.

    Debemos advertir que incluimos aquí, sólo a efectos didácticos y por comodidad expositiva, algunas antiguas asociaciones que están actualmente todavía activas (p. ej., Santísimo y Ánimas, Apostolado de la Oración, Adoración Noctrina y otras). Lo señalaremos en cada caso concreto.

     

    1.1. Generalidades.

    De forma continuada y persistente, la Isla de León entró verdaderamente en la historia ya en el siglo XVIII. Con anterioridad, el solar que fue propiedad de los Suazo y de los Ponce de León había intervenido en el devenir histórico sólo de forma ocasional. Por ejemplo en 1596, con motivo de la heroica defensa que de la imponente fortaleza medieval (mandada edificar por Alfonso X para la salvaguarda y vigilancia del Camino Real que desde el vetusto puente partía hacia Cádiz) hizo el valiente capitán Martín de Echaide frente a las belicosas y saqueadoras tropas inglesas del pirático conde de Essex.

    El Setecientos isleño, en cambio, sí estuvo jalonado por una serie de acontecimientos trascendentales que se convirtieron en hitos indelebles de la historia local. Efectivamente, en 1717 se iniciaron las obras del Arsenal de la Carraca, verdadero generador demográfico y económico para la localidad. En 1729 el territorio isleño fue incorporado a la Corona por Felipe V (1700-1746), pasando a denominarse Real Isla de León. Y en la década de 1760, bajo Carlos III (1759-1788), sucedieron tres de los eventos más importantes para la historia local: en 1764 el obispo fray Tomás del Valle consagró la nueva iglesia parroquial, a la que tituló de San Pedro y los Desagravios; en 1766 fue creado el municipio de la villa de la Real Isla de León, independiente de Cádiz, acontecimiento crucial en la historia isleña; y en 1769 se trasladaron aquí desde la capital gaditana las principales instalaciones del Departamento Naval, con todas las consecuencias políticas y socioeconómicas que tal disposición conllevó.

    Tales medidas determinaron importantes efectos. La Real Isla de León inició entonces un fulgurante desarrollo que se tradujo necesariamente en un notabilísimo aumento demográfico y urbano. Ello supuso también un incremento de las necesidades espirituales de esa creciente población, máxime en una época en que la religión impregnaba y regía las mentalidades. Fue entonces cuando tomaron cuerpo las hermandades y cofradías isleñas.

    La historia de las corporaciones religiosas es, de este modo, paralela a la de la localidad. Aunque su germen puede remontarse al siglo XVII, su aumento y esplendor no acaeció hasta el siglo XVIII. En efecto, el Setecientos fue, a buen seguro, la centuria con más fundaciones y establecimientos de hermandades y cofradías de toda la historia religiosa local.

    Puede constatarse fácilmente que al concluir el siglo XVIII se habían fundado en la Real Isla de León más hermandades de gloria (catorce en total: Rosario, Pópulo, Carmen, Santísimo y Ánimas, San Antón, Corazón de Jesús, Esperanza, Santa Bárbara, San Pedro, Pastora, San José, Merced, Pilar, Salud); que de penitencia (cinco: Soledad, Jesús Nazareno, Vera Cruz, Santo Entierro y Expiración); eso sin contar las dos órdenes terceras (franciscana y servita) que tenían una naturaleza jurídica especial. Es decir, las hermandades de gloria o letíficas, sacramentales o marianas, casi triplicaron a las penitenciales o pasionistas. Esta innegable preponderancia se reflejó también en el número de hermanos que integraban las de gloria, como demuestran y refrendan meridianamente los registros parroquiales.

    Todas estas hermandades de gloria se regían externa e internamente por las mismas normas y usos que las cofradías de penitencia. El número de sus hermanos fue variable: unos contaron con una nómina importante, como las de la Virgen del Rosario, Santísimo y Ánimas, y Virgen de la Esperanza; pero otras muchas debieron ser bastante minoritarias. El verdadero peso social de estas asociaciones de fieles tuvo que ser liviano; su influencia religiosa entre los isleños, escasa. A despecho de las numerosas fundaciones, no debemos representarnos una Real Isla de León constelada de hermandades y cofradías ni a la mayoría de los isleños formando parte de sus nóminas de hermanos.

    La mayoría de ellas pervivían en las primeras décadas del siglo XIX, a excepción de la Cofradía del Santo Cristo de la Caridad y de la Congregación de la Virgen del Pópulo que fueron las primeras en extinguirse, ya en la primera mitad del Setecientos. Pero las nuevas y apremiantes circunstancias políticas revolucionarias surgidas con el cambio de siglo, las necesarias reformas liberales, la naciente mentalidad anticlerical, y, en definitiva, la crisis y desaparición del Antiguo Régimen que ocurrió a lo largo del primer tercio de la centuria decimonónica, fueron comprometiendo su difícil supervivencia, abocándolas finalmente a la extinción.

    A mediados de dicho siglo, ya habían desaparecido las hermandades marianas de la Esperanza, Merced, Pilar y Salud. De las demás, unas fueron aletargándose en una agónica decadencia (San Antonio Abad, Santa Bárbara, San Pedro) y otras mudaron de naturaleza transformándose en nuevas asociaciones de fieles.

    De las catorce hermandades de gloria dieciochescas que inventariamos al principio, sólo cuatro perduran hoy felizmente: 1) la tricentenaria Hermandad de la Virgen del Carmen; 2) la Esclavitud del Santísimo y Archicofradía de las Ánimas, fusionada desde 2003 con una cofradía de penitencia; 3) la antaño modesta y hogaño pujantísima Hermandad de la Divina Pastora; y 4) la reorganizada y joven Hermandad de San José. Explicar las causas concretas de estas supervivencias resultaría muy complejo y no es este el lugar apropiado.

    No incluimos en esta relación, por tener una naturaleza jurídica bastante distinta a las hermandades y cofradías, las asociaciones de la Escuela de Cristo y de la Escuela de María Santísima, de las que, por cierto, ya hemos publicado datos en otros lugares.

     

    1.2. Virgen del Rosario

    La Hermandad de Nuestra Señora del Rosario fue fundada probablemente hacia 1656, con motivo de la erección de parroquia en la Isla de León y el nombramiento del primer vicario y cura párroco. Sin embargo, fuentes muy posteriores fijaron la aprobación de esta confraternidad mariana en el año 1732, pero esta fecha debe entenderse, más bien, como la de aprobación de unas reglas u ordenanzas, quizás no las primeras. Por el contrario, algunos historiadores locales decimonónicos publicaron que la Hermandad había sido fundada nada menos que en el año 1641, testimonio importantísimo por su sorprendente precisión y que podríamos dar por cierto si conociéramos la fuente en la que basaba esta afirmación.

    En cualquier caso, fuese fundada en 1641 o en 1656, está bien documentado que la Hermandad del Rosario ya existía como tal en el año 1676, fecha de la primera noticia cierta que poseemos sobre la misma. Una prueba de esta antigüedad son los litigios que sostuvo en 1704 y 1754 con la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen, que había sido fundada en 1696, sobre derechos de antigüedad y precedencia en los cultos. La autoridad eclesiástica resolvió en ambas ocasiones a favor de la mayor antigüedad de la del Rosario y en beneficio de su derecho a preceder a la del Carmen en las funciones a las que asistieran las dos.

    El objeto de esta corporación mariana era el rezo público del rosario por las calles isleñas. Ya en documentos de la Parroquia del Castillo consta que esta hermandad celebraba también solemnemente la festividad litúrgica de octubre, incluyendo una procesión por el exterior del recinto fortificado. Durante casi un siglo, la corporación mariana celebró anualmente sus cultos de octubre en la Iglesia Mayor Parroquial, y, además, organizaba otros ejercicios piadosos los primeros domingos de cada mes.

    La Hermandad del Rosario labró a partir de 1740 una capilla anexa al Castillo de los Ponce de León, sobre unos terrenos que le habían sido donados unos años antes. En ella tuvo su sede, realizó sus cultos y sepultó a sus cofrades durante un cuarto de siglo. Trasladada a la nueva Iglesia Mayor Parroquial, adquirió en propiedad en 1765 la primera capilla de la nave de la epístola por la cantidad de mil pesos, con su altar y su correspondiente bóveda para enterramientos, labrando además un magnífico retablo barroco.

    La confraternidad rendía culto a una bellísima imagen de talla completa y de mucho mérito artístico, de autor anónimo, que, según es tradición, se trajo de Cádiz. Un inventario del año 1699 confirma ya la existencia de una imagen de la Virgen del Rosario en la primitiva iglesia parroquial del Castillo. No obstante, algunos entendidos aseguran que la imagen es posterior, de mediados del siglo XVIII y de escuela genovesa, emparentada estilísticamente con el San Miguel venerado en la capilla de enfrente. De este modo, la imagen de la Virgen del Rosario que hoy vemos no sería la originaria de la iglesia del Castillo, sino otra tallada ex profeso cuando la corporación se trasladó a la nueva Iglesia Mayor Parroquial. Lo único cierto y evidente es su alto mérito artístico.

    Ramón Monfort ya lo observó así en 1895: "La [imagen] de Nuestra Señora del Rosario en dicha Iglesia fue regalada de Cádiz y es de un gran mérito y bellísima y difícil posición sentada con el niño encima de nubes; su rostro es precioso y de perfecta encarnación".

    La Hermandad, por otra parte, llegó a ser propietaria de cinco inmuebles que adquirió bien por vía de donación, de legado testamentario o de compraventa. Estas fincas urbanas fueron expropiadas por el Estado y vendidas en subasta pública durante las desamortizaciones decimonónicas.

    Durante el siglo XIX, la Hermandad del Rosario vivió un lento declinar, contando con muy pocos recursos y estando formada por un reducidísimo número de cofrades que se afanaban en celebrar sus cultos anuales. No obstante, la ya más que bicentenaria Hermandad del Nuestra Señora del Rosario fue brillantemente revitalizada durante el primer cuarto del siglo XX, gracias a la actividad desplegada por una directiva presidida por don Manuel Pece Casas, que trató de recuperar algo de su antiguo esplendor. Con todo, la asociación mariana cesó su actividad a finales de los años 1920 por causas diversas. Tras la Segunda República y la Guerra Civil, el lento declinar de la hermandad devino decadencia inexorable, hasta su extinción de hecho.

    No obstante, hoy día hay un cierto renacer de la advocación mariana del Rosario en esta ciudad: por un lado, la joven y austera cofradía de penitencia de la Virgen del Rosario establecida en la Parroquia de San José Artesano en 1982; por otro, la Asociación de Jóvenes Cargadores Cofrades, que nombró patrona de su asociación a la Virgen del Rosario, dedicándole desde entonces una función anual en su festividad de octubre.

     

    1.3. Santo Cristo de la Caridad

    La Cofradía del Santo Cristo de la Caridad, la primera cofradía de penitencia isleña cuya existencia conocemos, fue fundada en la Parroquia del Castillo a lo largo de la segunda mitad del siglo XVII, puesto que está documentada su existencia con dicho título ya en 1676.

    El titular de la corporación fue conocido por los isleños simplemente como "el Santo Cristo". El título de la imagen plantea problemas de difícil resolución, a juzgar por los escasos y confusos datos que poseemos. En efecto, parece ser que cambió de título a principios del siglo XVIII: de Santo Cristo de la Caridad pasó a ser denominado Santo Cristo de la Expiración. Sin embargo, en la segunda década de esa centuria se cita la existencia de un Santo Cristo de la Vera Cruz. Las avaras noticias que aportan las fuentes nos impiden saber a ciencia cierta si se trató de tres imágenes distintas; si de una imagen con tres denominaciones sucesivas (Caridad, Expiración y Vera Cruz); o bien si de una con un cambio de título (Caridad y Expiración) y de otra segunda distinta (Vera Cruz). Las referencias simultáneas a un "Santo Cristo" viejo y a un "Cristo de la Vera Cruz" al cual se le dona una corona de espinas de plata, ambas imágenes coexistentes en la Parroquia del Castillo en la segunda década del XVIII, nos hace inclinarnos por esta tercera posibilidad.

    Apenas hemos hallado datos sobre los cultos y procesiones que organizaba la asociación cofrade, aunque diversos pagos a la fábrica parroquial por cera usada parece que nos revelan la existencia de tales cultos en honor del Santo Cristo. La vetusta cofradía, por lo demás, quedó inactiva en el primer cuarto de la centuria decimoctava.

    La imagen del Santo Cristo permaneció en la iglesia del Castillo y seguramente fue trasladada a la nueva Iglesia Mayor Parroquial en la década de 1760. Hay algunas menciones esporádicas a la imagen en los años posteriores. Durante el siglo XIX y primera mitad del XX, la sagrada imagen era conocido vulgarmente como "el Cristo de las Viudas" y, según los inventarios del templo, estaba situado en la sacristía. Parece ser que se trata del Crucificado que preside el altar mayor desde los años 1960, imagen hoy día muy retocada, pero que los expertos adscriben a la escuela italiana. Un mudo testimonio de la primera y efímera cofradía isleña.

     

    1.4. Virgen del Pópulo

    La acendrada devoción gaditana a la Virgen del Pópulo fue un reflejo de la devoción romana, de origen medieval, a los iconos de la Madonna Salus Populi Romani, venerada en la basílica de Santa María la Mayor, y de la Madonna del Pópolo, venerada en su propia iglesia. Esta devoción mariana llegó a Cádiz a fines del siglo XVI y llegó a tener una capilla propia, que fue edificada a principios del siglo XVII sobre un arco de la antigua muralla, a la entrada del barrio al que dio nombre.

    La existencia de una Congregación o Compañía Espiritual del Rosario de Nuestra Señora del Pópulo está documentada en la Isla de León desde 1690 y fue creada seguramente a imitación de su homónima gaditana que había sido fundada por el capuchino fray Pablo de Cádiz. La Congregación del Pópulo tuvo su primera sede en el desaparecido Hospitalito de Pobres Transeúntes que fundara don Jorge de Ispis a fines del XVII y que estuvo situado en la actual calle Santísima Trinidad esquina a Real.

    Don Diego de Barrios, rico comerciante gaditano hacendado en la Isla de León, donó en 1696 un terreno, situado en las inmediaciones de la plazuela de las Tres Cruces (hoy Alameda Moreno de Guerra), a la congregación para que labrara capilla propia. La corta procesión de traslado y toma de posesión del terreno que se efectuó es uno de los primeros cortejos procesionales isleños de los que tenemos noticias. La edificación de esta capilla fue uno de los caballos de batalla de la asociación isleña a lo largo de las décadas siguientes. Debido a las penurias económicas, nunca fue concluida.

    Extinguida la congregación tras corta vida, la capilla inconclusa fue refugio de malhechores y noctívagos. Por los años de 1740 se propuso destinarla a centro escolar, si es que por fin se concluía. Finalmente fue demolida en 1757 y los materiales y terrenos fueron subastados por el obispado, tras alcanzar un acuerdo con los herederos de don Diego de Barrios. Junto a la nonata Capilla del Pópulo, por cierto, se edificó el Hospicio de San Francisco y su iglesia, la actual Parroquia Castrense, lo que tal vez influyó en considerar aquella innecesaria.

    El icono titular fue trasladado a la nueva parroquia diocesana en los primeros años de la década de 1760, asignándosele el penúltimo altar de la nave del evangelio, donde se establecería veinte años después la Congregación de San Antonio Abad. La imagen de la Virgen del Pópulo, ya sin asociación de fieles que le rindiera culto, estuvo luego situada en diversas partes del templo parroquial. Y, a pesar de su larga y azarosa historia, todavía podemos contemplarla: un arcaizante y vetusto lienzo situado a los pies de la nave del evangelio, colgado en la pared que da frente a la capilla del Sagrario de la Iglesia Mayor Parroquial.

     

    1.5. Santísimo y Ánimas

    Lo primero que debemos decir es que esta antigua e ilustre asociación isleña no está extinguida, sino activa y, hoy día, además, fusionada con una cofradía de penitencia. No obstante, incluimos en este apartado su reseña histórica particular.

    Las hermandades sacramentales y las de ánimas hunden sus raíces en tiempos remotos. Ya existieron hermandades bajomedievales tituladas "del Cuerpo de Dios", sobre todo desde la institución de la fiesta del Corpus Christi a principios del siglo XIV. El papa Julio II (1503-1513) concedió en su bula de 1508 numerosas gracias e indulgencias a los cofrades del Santísimo Sacramento. La cruzada emprendida en Sevilla en 1511 por Teresa Enríquez a favor de la creación de este tipo de instituciones, es bien conocida. No obstante, esta clase de corporaciones se fundó con profusión ya a raíz de las normas doctrinales y litúrgicas dictadas por el Concilio de Trento, que las consideró medio idóneo para expresar la piedad eucarística y fomentar el culto al Santísimo Sacramento. Las sacramentales fueron durante la Edad Moderna las hermandades parroquiales por antonomasia.

    Así pues, a partir del último cuarto del siglo XVI, no hubo parroquia medianamente importante que no contara con estas asociaciones de fieles, imprescindibles para el adecuado desenvolvimiento de la vida parroquial.

    Las hermandades de ánimas, por su parte, son una clase de corporaciones poco o casi nada estudiadas. El origen de las mismas deriva de la necesidad de impetrar a Dios por la salvación de los difuntos mediante las misas dedicadas en sufragio de sus almas. La concepción tridentina del Purgatorio, como destino purificador temporal de las almas que en un primer momento no lograron alcanzar el Paraíso, fomentó también la conveniencia de crear hermandades dedicadas específicamente a rogar por los difuntos. La mayoría de las más antiguas de ellas datan, pues, de la segunda mitad del XVI.

    La Venerable Esclavitud del Santísimo y Archicofradía de las Benditas Ánimas es una de las hermandades más antiguas de la ciudad de San Fernando. Sus orígenes y primeras décadas de existencia tuvieron por marco la primitiva Parroquia del Castillo. Fue una de las pocas confraternidades que existieron y desarrollaron su actividad en la fortaleza medieval. De las actualmente activas, sólo la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen Coronada le supera en antigüedad.

    Ya en 1676-77 hay menciones acerca de la existencia de una hermandad sacramental en la parroquia establecida en la fortaleza de los Ponce de León, pero debió tener una vida corta y sin continuidad. En realidad, la entidad que nos ocupa fue fundada en 1733, rigiéndose durante más de sesenta años por las reglas de la veterana hermandad del mismo título existente en Cádiz. La pujante asociación isleña llegó a conseguir en 1759 carta de filiación con una célebre archicofradía sacramental romana, sita en la iglesia de Santa María Sopra Minerva. En 1796 le fueron aprobadas nuevas ordenanzas por el Consejo de Castilla, siendo prioste (hermano mayor) el general D. Juan de Lángara, lo que supuso un reconocimiento esencial por parte de las autoridades civiles.

    La casi tricentenaria vida de esta corporación conoció una etapa de esplendor en el siglo XVIII, centrada en su fiesta principal de la infraoctava del Corpus, en las procesiones de enfermos e impedidos, y en los cultos especiales dedicados a las ánimas, al arcángel san Miguel y a la Inmaculada Concepción. Luego sufrió una segunda etapa azarosa y difícil durante el siglo XIX, en la que estuvo a punto de extinguirse y, de hecho, permaneció inactiva durante varias décadas. Y una tercera etapa, de 1909 a nuestros días, en la que se centró exclusivamente en la celebración de un solemne, piadoso y concurrido quinario en sufragio por las ánimas del Purgatorio, aunque conservó la antigua titulación completa y su naturaleza de hermandad sacramental.

    Cuando la Esclavitud y Archicofradía se trasladó desde la vieja Parroquia del Castillo a la nueva Iglesia Mayor Parroquial, adquirió formalmente en 1765 la primera capilla de la nave del evangelio, junto al Sagrario, con su altar y bóveda para enterramiento, satisfaciendo totalmente el importe de 1.000 pesos escudos de a 15 reales de vellón. La confraternidad mandó labrar seguramente por entonces el barroco retablo sobredorado, enriqueciéndolo con figurillas representando a las ánimas y rematándolo con el motivo iconográfico del Cordero Místico y Apocalíptico. Asimismo adquirió por entonces un aposento situado en el lado izquierdo de la entrada del templo parroquial, para custodiar en él sus enseres, habiendo costeado parte de su obra y sus puertas.

    La Esclavitud y Archicofradía tuvo en propiedad, que sepamos, dos imágenes del príncipe de las milicias celestiales. Una para presidir la capilla y altar: talla completa de mediados del siglo XVIII, de singular mérito artístico y emparentado estilísticamente con la imagen de la Virgen del Rosario del retablo frontero, por lo que hemos de suponer que procede de la misma gubia anónima, probablemente de escuela italiana, y seguramente policromada por Francisco María Mortola, autor del dorado del retablo. Otra para usarla en procesiones: efigie de finales del XVIII, de tamaño académico, y asimismo de autor anónimo, aunque algunos la atribuyen a los escultores del Arsenal. Durante su tercera etapa histórica, en 1912, la entidad adquirió un altorrelieve representando a las ánimas del Purgatorio, muy venerado por los fieles aún hoy día.

    La confraternidad también llegó a poseer algunas casas en la localidad. En efecto, Alonso Pérez-Blanco le donó en 1793 una casa en la calle Ancha esquina a la de San Rafael, aunque revocó esta donación unos años más tarde, pleiteando la hermandad por este motivo. Veinte años después, una bienhechora donó a la Esclavitud y Archicofradía dos casas en el barrio del Santo Cristo bajo una serie de condiciones. Todas estas casas fueron vendidas por la propia asociación en momentos de apuros económicos o acabaron siendo expropiadas por el Estado durante las desamortizaciones.

    Como es bien conocido, la concesión del título de Sacramental a la Cofradía de Jesús de Medinaceli en 1978 causó una involuntaria dualidad de hermandades sacramentales en la misma parroquia. Esta situación anómala se prolongó durante un cuarto de siglo y se solucionó satisfactoriamente con la fusión, decretada por el obispado en 2004, entre la referida cofradía de penitencia y esta Venerable Esclavitud del Santísimo Sacramento y Archicofradía de las Ánimas Benditas.

     

    1.6. San Francisco

    Como es bien sabido, casi todas las órdenes religiosas tuvieron una rama masculina (orden primera) y otra femenina (orden segunda). Pero además muchas permitieron y facilitaron que los seglares pudieran participar del espíritu de la orden sin tener que perder su condición ni modo de vida y sin tener que emitir los solemnes votos religiosos, creando para ello las denominadas órdenes terceras.

    Ninguna de ellas fue tan popular, ni estuvo tan nutrida por todos los estamentos sociales, como la de los hijos de san Francisco de Asís (1181-1226), fundador de la orden de los frailes menores o franciscanos aprobada por el papa Inocencio III en 1210. La orden segunda o rama femenina, las clarisas, fue fundada en 1212. La regla de la orden tercera parece ser que fue compuesta por el propio santo de Asís en 1221, aprobándola la Santa Sede poco después.

    Las órdenes terceras franciscanas florecieron, como era de esperar, a la sombra de los conventos franciscanos. Allá donde se fundaba casa, hospicio o convento de algunas de las ramas franciscanas, se procuraba inmediatamente fundar una orden tercera con el piadoso objeto de que los fieles vivieran la seráfica regla en la vida seglar, es decir como una asociación de fieles anexa a la vida religiosa de la orden.

    El ejemplo más cercano lo tenemos en Cádiz. En los tres conventos de la gran familia franciscana fundados en esa ciudad, hubo otras tantas órdenes terceras para seglares: en el convento Casa Grande de San Francisco de los PP. Observantes, en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de los PP. Descalzos y en el Convento de Santa Catalina de los PP. Capuchinos. Pero el deseo de imitar el espíritu franciscano también llegaba a lugares donde no había establecidos conventos de esta orden, sino que bastaba su prestigio espiritual: en la parroquia de San Juan Bautista de Chiclana, por seguir con ejemplos próximos a la Isla de León, hubo también una Orden Tercera franciscana, fundada según parece a finales del XVII.

    La Real Isla de León no fue inmune a estas influencias y tuvo también una importante Orden Tercera de San Francisco que tuvo vida activa durante un siglo largo. Contra lo que cabría esperar, dado su titular, esta orden tercera fue fundada en la Parroquia del Castillo hacia 1739 y sólo unos años después pasaría a la Parroquia Castrense de San Francisco. Igualmente hemos conseguido algunos escasos datos sobre una Orden Tercera Franciscana que radicó en la iglesia parroquial del Arsenal de la Carraca a mediados de esa centuria, lo que no tiene nada de extraño dado que esta aglomeración industrial naval estaba asistida espiritualmente por los franciscanos descalzos del convento de Puerto Real.

    Los terciarios franciscanos, al decir del historiador Monfort, practicaban el piadoso ejercicio del vía crucis todos los días de fiesta por la plaza de las Tres Cruces, hoy Alameda Moreno de Guerra, en cuyo centro había un pedestal con tres cruces pertenecientes a este vía crucis, lo que originó el primitivo nombre de la plazuela. En realidad, el título de plazuela de las Tres Cruces es mucho más antiguo que la Orden Tercera isleña, estando documentado ya a finales del siglo XVII.

    De la Orden Tercera Franciscana de la Real Isla de León formó parte lo más granado de la sociedad isleña, contándose entre los terciarios numerosos generales y jefes de la Armada; incluso sabemos que tambien lo fue el escultor José Tomás de Cirartegui Saralegui. La Orden Tercera de San Francisco poseyó por vía de donación una casa en la calle Jesús y María (hoy, Calatrava), que perdió en la cuarta década del XIX por imperativo de las leyes desamortizadoras de Mendizábal.

    A pesar de la exclaustración de los frailes en 1835, sabemos que la asociación subsistía aún en la Parroquia Castrense en los años 1842 y 1862, aunque debía llevar una vida muy mortecina. Seguramente cesó su actividad poco después, extinguiéndose de hecho tras un siglo y pico de existencia. Unas décadas más tarde, los terciarios franciscanos reaparecerían en otra iglesia de San Fernando, como veremos.

     

    1.7. San Antonio Abad.

    La devoción a san Antonio Abad, conocido vulgarmente como san Antón, tuvo extraordinaria popularidad en otros tiempos. Hoy día su celebridad se reduce a su patronazgo y protección sobre los animales domésticos. Pero antaño era venerado como patrón de múltiples y variados oficios como, por ejemplo, arrieros y trajinantes, carruajeros, carniceros y porquerizos, cepilleros, cesteros, alfareros y hasta sepultureros. También fue considerado un santo milagroso y sanador. En la Edad Media, se fundó bajo el patrocinio de San Antón una orden religiosa hospitalaria que se especializó en el tratamiento de enfermedades contagiosas y de la piel. Por todas estas razones, no es de extrañar que en la Real Isla de León llegara a existir una asociación religiosa que tuvo por titular a este santo tan popular.

    La Congregación de San Antonio Abad fue fundada a finales de la década de 1740 en la capilla del Real Carenero del puente de Suazo. Desconocemos si se trató de una hermandad gremial que agrupaba a trabajadores de los astilleros y fábricas de ese lugar (tal vez los cordoneros), como sí sabemos que sucedió con la Hermandad de la Virgen de la Esperanza.

    No sabemos la fecha exacta de la fundación ni de la aprobación eclesiástica, pero está documentado que ya existía en 1746. La asociación es titulada en los documentos de la época como "Hermandad de San Antonio Abad" "Congregación del Señor San Antonio Abad", "Congregación de los hermanos de San Antonio Abad" o, simplemente, "los hermanos de San Antonio Abad". Permaneció en la capilla del Puente durante más de tres décadas y no se trasladó a la nueva parroquia diocesana cuando esta estuvo consagrada, tal como hicieron otras hermandades, sino años más tarde. Tal vez un primer intento de traslado derivó en el pleito que sostuvieron en 1768 las jurisdicciones castrense y diocesana a cuenta de esta congregación, pleito del que estamos mal informados.

    Antes de su traslado a la Iglesia Mayor Parroquial, la Congregación de San Antón protagonizó uno de los actos más relevantes de su historia. Suscribió una carta de filiación en 1767 con el Hospital-Convento de San Antonio Abad de Sevilla, donde radicaba una hermandad matriz de este santo desde el siglo XVII y donde también estaba establecida la Hermandad de la Santa Cruz en Jerusalén y Jesús Nazareno, cofradía que, andando el tiempo, acabó como propietaria de ese céntrico templo hispalense.

    La confraternidad antoniana trasladó su sede canónica a la Iglesia Mayor Parroquial hacia 1782. Al año siguiente formalizó la adquisición a título de censo de la cuarta capilla de la nave del evangelio, donde se ya veneraba el icono de la Virgen del Pópulo, que fuera titular de la efímera Compañía Espiritual de su nombre, y las imágenes de un par de santos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Fue una de las hermandades radicadas en la Iglesia Mayor que más tiempo invirtió en amortizar la compra de su capilla, convirtiéndose en deudora de la fábrica parroquial durante muchos años, lo que demuestra las dificultades económicas que sufría.

    Carecemos de noticias sobre sus constituciones y reglas. No obstante, sabemos que la Congregación no tenía más obligación cultual que la de organizar una función solemne anual en la festividad de su santo titular (enero), según demuestran los documentos parroquiales. Como todas las hermandades, esta también asumía el importe de las exequias y entierro de sus congregantes. Sabemos, por ejemplo, que fue una de las que se encargó de sepultar en el cementerio del Castillo a víctimas isleñas del maremoto de 1755, durante su etapa en el Puente de Suazo.

    La corporación no tenía, al parecer, más patrimonio que la imagen del santo titular, de autor desconocido y de talla completa: el patriarca de los anacoretas y ermitaños está representado como un anciano barbudo, que viste el sayal y capucha de los monjes de su orden y que muestra atributos característicos, alusivos a su vida y milagros, como la cruz en forma de tau (t griega) usada como bastón o báculo, la esquila, el cerdo, las llamas y un libro de reglas. Esta antigua efigie continuó presidiendo la cuarta capilla de la nave del evangelio del primer templo parroquial durante décadas, ya sin hermandad, hasta que fue trasladada al ático de la misma a principios del siglo XX, donde aún hoy puede verse. En su lugar, la capilla fue presidida por una imagen del Corazón de María de escaso valor artístico, y luego, desde mediados del siglo XX, por la meritoria imagen de la Inmaculada Concepción procedente de la parroquia del Castillo.

    En definitiva, la Congregación de San Antonio Abad mantuvo la devoción y el culto a este santo en la Isla de León por espacio de casi una centuria, primero en la capilla del Puente de Suazo, después en la Iglesia Mayor Parroquial. A lo largo de la primera mitad del siglo XIX, la declinación fuea progresiva e inevitable. En efecto, el arcipreste de la ciudad participó al Obispado en 1854 que esta Congregación "hace tiempo llegó a extinguirse por el corto número de hermanos". La desaparición de la misma, por tanto, puede fijarse a mediados de la centuria decimonona. Desde entonces, está extinguida. No hubo intentos posteriores de restablecimiento.

     

    1.8. Virgen de la Esperanza

    La Hermandad o Congregación de Nuestra Señora de la Esperanza, advocación mariana con resabios marineros, fue una corporación religiosa muy vigorosa durante la segunda mitad del XVIII, revistiéndose además con matices gremiales.

    Fue fundada hacia 1750 en la capilla del Real Carenero del Puente de Suazo por los tejedores de lonas y otros dependientes de la construcción naval. Allí residió durante apenas dos decenios, pues a principios de los años de 1760 se trasladó a la nueva Iglesia Mayor Parroquial, donde permaneció hasta su extinción.

    El obispo fray Tomás del Valle la aprobó formalmente por decreto fechado el 2 de mayo de 1764. Un año y medio después, la Hermandad formalizó la adquisición de una capilla en la nueva iglesia parroquial, reconociéndosele así plena personalidad y capacidad jurídica. Con motivo de este traslado, el citado prelado aprobó sus primitivas reglas en 1768, es decir el mismo año en que lo fueron las de las cofradías de la Virgen de la Soledad y Jesús Nazareno. Las reglas fueron ampliadas en 1782 y definitivamente aprobadas en 1804. En definitiva, fundación hacia 1750, erección canónica en 1764 y aprobación de las constituciones en 1768.

    La fundación de esta hermandad y la de la Cofradía de la Virgen de la Soledad debieron acaecer en un corto intervalo de tiempo, de tal modo que no estuvo claro durante un tiempo cuál era la más antigua de las dos y, por lo tanto, cuál debía presidir a la otra en las ceremonias. Por ello, ambas asociaciones de fieles firmaron en 1783 una concordia por la que esta hermandad que nos ocupa reconoció la mayor antigüedad de la cofradía de penitencia.

    Como decimos, la Hermandad de la Virgen de la Esperanza estaba compuesta mayoritariamente, al menos en sus inicios, por operarios de las fábricas de lona y jarcia situadas en el Puente de Suazo. Sin embargo, a fines del siglo XIX, existía la creencia de que la Virgen de la Esperanza "fue en algún tiempo la patrona de la hermandad de los panaderos de la ciudad". Testimonio insólito con el que hemos de ser muy cautos, pero que nos invita a pensar que la composición social de la hermandad varió con los años, posiblemente tras clausurarse en 1773 las fábricas del puente Suazo y afianzarse su presencia en la iglesia parroquial. Así pues, la Hermandad de la Esperanza, marinera y naval en sus inicios, pudo haber devenido en gremial de los panaderos y tahoneros isleños a finales del XVIII. No era, por cierto, algo que careciese de precedentes: piénsese en la Cofradía del Santísimo Cristo de la Piedad, de Cádiz; o en la Cofradía del Prendimiento y María Santísima de Regla, establecida por entonces en la hoy desaparecida Parroquia de Santa Lucía de Sevilla.

    La Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza celebraba una solemne función anual el domingo más próximo al 18 de diciembre, festividad litúrgica de la Expectación de la Virgen. La corporación isleña celebró esta solemne fiesta anual con total regularidad entre los años 1774 y 1820, según tenemos documentado. Los cultos de instituto fueron enriquecidos con gracias e indulgencias plenarias concedidas por el papa Clemente XIV, según breve dado en Roma en 1773. No tenemos datos concluyentes sobre si efectuaba también algún tipo de procesión pública anual.

    Esta antigua hermandad no poseía más bienes que la segunda capilla de la nave de la epístola donde se veneraba la imagen titular y un solar con un almacén donde se custodiaban los útiles y enseres. La adquisición de la capilla fue escriturada en 1765 y en ella tuvo su sede esta hermandad durante setenta años, hasta que, una vez extinguida de hecho, la capilla fue ocupada en 1839 por la Esclavitud de San José tras obtener los permisos oportunos, como continúa en la actualidad. La imagen titular, cuya identificación todavía no está clara, fue trasladada a otro altar y en el curso de los años fue desplazada varias veces de situación dentro del templo parroquial, acabando durante medio siglo en la capilla de la Santa Cueva, de donde pasó en 2001 al altar mayor a los pies con el antiguo Cristo Crucificado. La asociación construyó un almacén en un solar que adquirió a fines del siglo XVIII en la calle San Marcos, esquina a las actuales de Jazmín y Albardonero, perdiéndolo durante las desamortizaciones decimonónicas.

    La Hermandad de la Virgen de la Esperanza sufrió una decadencia inexorable con el cambio de centuria, que se prolongó a lo largo del primer cuarto del XIX y se aceleró en la década 1820-1830, hasta su completa desaparición.

     

    1.9. Nazareno del Carmen

    La espléndida imagen de Jesús Nazareno venerada en la iglesia conventual del Carmen desde fines del siglo XVII es de reconocido mérito artístico y una de las mejores existentes en San Fernando.

    La sagrada efigie, de autor anónimo, ha sido atribuida a tres posibles autorías: 1) Tradicionalmente se ha considerado de escuela genovesa. 2) Sin embargo, tan lograda y conmovedora talla ha sido atribuida recientemente a la gubia de Luisa Roldán, La Roldana. Los argumentos en los que se basa esta atribución son dos: uno cronológico, otro morfológico. El cronológico incide en el hecho de que la imagen fue colocada en la primitiva iglesia conventual en 1685, y que ese año coincide con la etapa gaditana (1684-1688) de Luisa Roldán, durante la cual la habría tallado. El argumento morfológico y estilístico, además, hace notar el parecido que la imagen guarda con otras de La Roldana: el Ecce Homo (1684) de la catedral gaditana, y el Jesús Nazareno (1699) que el rey Carlos II encargó a la Roldana para regalar al papa Inocencio XII y que hoy se venera en el convento de las franciscanas de Sisante (Cuenca). 3) Pero también se ha señalado el parecido de la imagen con la de Jesús de los Afligidos, obra de Peter Relingh (o Sterling) de 1726 y titular de la cofradía de este nombre sita en la parroquia de San Lorenzo de Cádiz.

    Esta "santa y milagrosa imagen de nuestro amantísimo Padre Jesús Nazareno", tal como se referían a ella los frailes carmelitas, fue colocada en la primitiva iglesia conventual en fecha tan remota como el año 1685. Cincuenta años más tarde, fue situada en la primera capilla de la nave del evangelio de la nueva iglesia conventual consagrada en 1733. Dicha capilla y su bóveda para enterramiento fueron adquiridas ese año por Francisco Bernal García, secretario de S.M. y escribano mayor de Rentas Reales y Servicios de Millones de la ciudad de Cádiz, concediéndosele el uso y patronato de la referida capilla. En su virtud, dicho señor costeó de su peculio la realización de vestiduras y de una nueva policromía para la imagen. Dos años después, fundó una serie de memorias perpetuas en la capilla, entre ellas la de una fiesta solemne en honor a la sagrada imagen que habría de tener lugar en la solemnidad de la Circuncisión del Señor.

    En el año 1751, un grupo de cofrades de la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen, encabezados por el propio hermano mayor, Juan Rosete Fernández, presentó un memorial al obispo Tomás del Valle pidiendo licencia para la fundación y erección de una Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El obispo concedió la licencia solicitada y ordenó que se formalizaran las constituciones y reglas como requisito indispensable para otorgar la erección canónica. Entretanto, condescendió en permitirles sacar la venerada imagen en procesión el Viernes Santo de ese año desde la iglesia del Convento del Carmen de la Real Isla de León.

    Esta naciente Hermandad de Jesús Nazareno se encontró con la dificultad de carecer de los enseres necesarios para efectuar la procesión y de tener escaso margen de tiempo para adquirirlos. Mas siendo la mayoría de los fundadores miembros de la junta de gobierno y cofrades de la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen, acordaron prestar los enseres procesionales de esta hermandad mariana letífica para la nueva corporación penitencial. Esta decisión alarmó al vicario eclesiástico de la Isla de León, temeroso de que se produjera la unión de ambas hermandades con el consiguiente perjuicio para los derechos parroquiales. Por este motivo, se opuso a la salida de la procesión.

    Los congregantes entonces acudieron de nuevo a fray Tomás para aclarar que su intención no era la de fusionarse con la Hermandad de la Virgen del Carmen. También para dejar sentado que eran y serían dos hermandades separadas, cada una con su instituto y sus cultos, lo que para nada perjudicaría los derechos de la parroquia. A la vista de estas alegaciones, el obispo mandó al vicrio que depusiera su actitud y no embarazara la salida de la procesión de Jesús Nazareno de la iglesia conventual carmelita por ese año, según había decretado antes. Pero también ordenó que debían respetarse los derechos parroquiales y recordó a la nueva cofradía que aplazaba la erección canónica de la misma y la aprobación de sus constituciones para después de esta salida procesional.

    El citado escrito de réplica de los cofrades y el decreto episcopal subsiguiente es la única documentación que ha llegado a nosotros sobre esta cofradía. Sólo merced a su contenido conocemos la existencia de la misma. No sabemos si la naciente hermandad redactó constituciones, como había decretado el prelado, ni si, por lo tanto, fue aprobada formalmente y establecida canónicamente. De todos modos, esta corporación, si cuajó, tuvo una vida muy breve y sin continuidad. La nómina de hermandades isleñas redactada en 1764 no la cita.

    Tampoco sabemos si hubo relación alguna entre esta hermandad surgida en el Carmen y la Hermandad de los Montañeses fundada casi veinte años más tarde en la Iglesia Mayor Parroquial. De todos modos, el recuerdo de esta hermandad que se intentó establecer para dar culto a una imagen de Jesús Nazareno en la iglesia conventual, quizá esté en la base de algunas antiguas tradiciones no documentadas que relacionan a ambas cofradías y que fueron propagadas desde el siglo XIX por los eruditos isleños y por la prensa local.

     

    1.10. Corazón de Jesús.

    Esta congregación fundada en la parroquia del Castillo a mediados del Setecientos debe ser considerada pionera e innovadora, pues la emergente devoción sacrocordífera todavía comenzaba a propagarse por los reinos de España. En realidad, esta no fue una hermandad del tipo o modelo "cofrade", sino una asociación de fieles más minoritaria e intimista, una devoción pía más selecta e ilustrada que la representada por las hermandades y cofradías. Más bien fue un antecedente remoto de las numerosas congregaciones piadosas de cultos internos que proliferarían un siglo después, desde el último cuarto del siglo XIX. No obstante, juzgamos interesante exponer sucintamente sus datos, precisamente por ser la única de esta índole que hubo en la floreciente Real Isla de León dieciochesca.

    La hermandad figura titulada de diversas formas en los documentos: Hermandad del Dulcísimo Corazón de Jesús, Congregación del Divino Amor al Corazón de Jesús, Congregación del Sagrado y Divinísimo Corazón de Jesús, Congregación del Santísimo Corazón de Jesús Sacramentado y, la más habitual, Hermandad o Congregación del Sagrado Corazón de Jesús.

    A pesar de la cortedad de noticias existentes sobre esta congregación isleña, sus inicios están bien documentados. Fue fundada en 1753 y aprobada en 1754 por decreto del obispo fray Tomás del Valle. Su creación obedeció a los deseos de un grupo de fieles de dar culto al Santísimo en la octava del Corpus. El papa Benedicto XIV (1740-1758) concedió una serie de gracias e indulgencias a la congregación isleña el mismo año de su aprobación. La congregación dio a la imprenta un sumario de estas gracias e indulgencias, impreso que se conserva en el archivo parroquial hoy día.

    Como es evidente, dadas las fechas, la Congregación del Corazón de Jesús se fundó y estableció en la la inhóspita parroquia sita por entonces en el centenario Castillo de los Duques de Arcos, vulgo de San Romualdo, pues la construcción de la nueva Iglesia Mayor Parroquial no se inició hasta 1754 o 1755 y no fue consagrada hasta 1764. Por lo tanto, en el interior de la iglesia-fortaleza debió ocupar algún hueco, nicho o repisa que le sirviera de altar y capilla para su imagen titular (si la había) y para sus cultos. Tal vez la pintura de un retablo con el Corazón de Jesús, cuyo descubrimiento en el Castillo fue dado a conocer a finales de 2006, tenga que ver con el establecimiento de esta fervorosa congregación. En la década de 1760, la joven pía asociación se trasladaría al nuevo templo parroquial de San Pedro y los Desagravios.

    La Congregación se regía por unas constituciones que estuvieron vigentes hasta 1842 y cuyo contenido preciso desconocemos, salvo lo relativo al culto principal que celebraba lógicamente en la fiesta litúrgica del Corazón de Jesús. Pero podemos suponer con fundamento que siguieron las constituciones de 1736 por las que se regía la congregación homónima de Cádiz, sita en el oratorio de San Felipe Neri. Desconocemos si la congregación isleña se limitaba a ser una asociación de culto o seguía también pautas caritativas, pues muchas asociaciones de fieles se fundaron en torno a la devoción al Corazón de Jesús para ejercer la caridad.

    Entre sus fundadores y primeros congregantes tenemos documentados a eclesiásticos, escribanos públicos y oficiales de la Armada vecinos de la Real Isla. Es decir, una minoría selecta y con excelente formación religiosa, como había sucedido con la congregación gaditana. En esta primera etapa de su historia, la asociación estaba gobernada por un "prepósito", denominación de evidentes connotaciones y matices eclesiásticos que recuerda además a los religiosos del oratorio de San Felipe Neri, pues así se denominaba su superior.

    No sabemos a ciencia cierta los derechos y deberes de los congregantes isleños. Suponemos que, según la costumbre vigente, la Hermandad mandaba decir misas en sufragio por el alma de los hermanos que fallecían, si éstos así lo encargaban. Pero ignoramos si también se hacía cargo de los gastos de exequias y entierro, como solían hacer misericordiosamente las otras hermandades y cofradías. Parece ser que no, a tenor de la absoluta falta de menciones a esta congregación en las partidas de defunciones de los libros parroquiales isleños.

    Sabemos también que la Hermandad del Corazón de Jesús poseyó durante treinta años una casa en la calle Rosario y barrio de Vidal de la Real Isla de León. La adquirió en 1771, adquisición que fue formalizada mediante un contrato extrajudicial firmado en 1797 por los diputados de la congregación. Pero justo un año después, la Real Orden de 25 de septiembre de 1798 dispuso la enajenación de fincas urbanas pertenecientes a hermandades y cofradías, con el objeto de destinar el precio de sus ventas a la amortización de la deuda pública. En su virtud, esta finca de la calle Rosario fue expropiada en 1799 y subastada dos años después.

    Tras llevar una vida mortecina, la asociación piadosa sacrocordífera se renovó en 1842 bajo el nuevo título de Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, casi noventa años después de su fundación. Unas nuevas constituciones aprobadas ese mismo año sustituyeron a las primitivas fundacionales de 1753-54 por las que se había regido durante nueve décadas. Esta renovación de 1842 fue todo un éxito espiritual. A los doce años de la misma, la Congregación contaba con 166 congregantes y era la quinta por número de hermanos de entre las quince hermandades y cofradías sanfernandinas inventariadas en 1854 por el arcipreste.

    A ello contribuyó, no cabe duda, el hecho de que la tardía devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue promovidísima por la Iglesia y los sumos pontífices desde mediados del siglo XIX y a lo largo de la primera mitad del XX. No en vano se ha dicho que "si hubiera que poner en lo alto del mástil de esta época una devoción típica, ésta es, sin género de dudas, la del Corazón de Jesús. Desde 1850 a 1950 es la reina de las devociones".

    Como es sabido, el papa Pío IX fijó finalmente en 1856 la festividad del Sagrado Corazón de Jesús en el viernes de la octava del Corpus Christi.

    La veneración simbólica al músculo cardíaco del Señor tuvo, en efecto, una brillante fortuna en el mundo católico a partir de la segunda mitad del XIX. Las entronizaciones y consagraciones, los monumentos y triunfos en honor del Corazón de Jesús realizados a iniciativa de entidades religiosas y civiles, proliferaron en la primera mitad del siglo XX. En España, como es bien conocido, el rey Alfonso XIII presidió en 1919 la inauguración del monumento nacional del Cerro de los Angeles (Madrid) y leyó allí el acto de consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Por no hablar de lo mucho que supuso esta devoción en el régimen político surgido del 18 de julio de 1936.

    Las asociaciones de fieles que se fundaron a lo largo de esas décadas decimonónicas en torno a esta devoción cordial fueron muy numerosas. En San Fernando se fundaron varias a fines del siglo XIX, que recogieron el testigo de esta que nos ocupa. La más importante, constante y duradera de ellas fue la del Apostolado de la Oración y Sagrado Corazón de Jesús.

    La presencia de este tipo iconográfico de Cristo se multiplicó en los templos y casi prevaleció sobre los otros en el culto católico. El auge de esta devoción fue, de alguna manera, en detrimento del arte religioso, pues proliferó una iconografía dulzona e inadecuada para expresar su contenido teológico y simbólico, como recientemente ha reconocido la propia Iglesia. En España, las imágenes seriadas del Corazón de Jesús procedentes de renombrados talleres en los que se labraban con materiales baratos y sin especial originalidad artística, fueron difundidísimas.

     

    1.11. Santa Bárbara.

    Nos hallamos ante una corporación ambivalente. Por un lado, fue una hermandad o cofradía como las demás, así que su estudio nos incumbe; por otro, se trató de una asociación religiosa específica de los jefes, oficiales y demás personal del cuerpo de Artillería de Marina, dependiente de la jurisdicción castrense, por lo que su investigación debe interesar más a los estudiosos de la historia naval que a los de las hermandades. No obstante, ofreceremos seguidamente algunos de sus datos generales en tanto que cofradía, limitándonos cronológicamente a sus inicios y primeros tiempos, dejando para investigadores más especializados el trabajo de investigarla como corporación religiosa de los artilleros navales, estudio todavía por hacer en profundidad.

    Como decimos, la historia de la Hermandad de Santa Bárbara está unida indisolublemente a las brigadas de Artillería de Marina del Departamento de Cádiz. Cuando el Departamento Marítimo se trasladó a la Real Isla de León en 1769, y con él las brigadas de Artillería de Marina, la Hermandad de Santa Bárbara decidió transferirse también a esta villa. Habiendo radicado en el gaditano Convento de la Candelaria, de MM. Agustinas, durante las décadas anteriores, la Hermandad resolvió establecerse en el convento isleño de los religiosos carmelitas descalzos. Su establecimiento en la Real Isla de León data de 1771.La Hermandad y la comunidad carmelita isleña pactaron ese año una serie de trece condiciones para la admisión y establecimiento de aquella en la iglesia conventual, siendo prior fray Francisco de Santa Teresa, pacto que fue ratificado por los superiores de la orden del carmen descalzo.

    Los carmelitas descalzos cedieron a la Hermandad de Santa Bárbara la cuarta capilla de la nave de la epístola, situada entre la capilla primitiva de la Hermandad de la Virgen del Carmen (hoy ocupada por la imagen de san Juan de la Cruz) y la de la Inmaculada Concepción (hoy ocupada por la Cofradía del Santo Entierro), que hasta entonces no había tenido dueño ni patrono. La cedieron por la suma de 300 pesos escudos de a 8 reales de plata, cantidad que la congregación artillera se obligaba a entregar cuando dispusiera de fondos suficientes, y en el entretanto se comprometía a pagar anualmente el censo o tributo del 3 %, es decir nueve pesos. El resto de las trece condiciones tenían en general un acentuado carácter económico, pues versaban sobre las cantidades con que la Hermandad debía contribuir a la comunidad carmelita en concepto de asistencia, estipendios y gratificaciones por las funciones, misas, sermones, honras fúnebres y entierros que aquella organizase, así como por el mantenimiento de una luz en la lámpara que pondría para alumbrar la capilla, así como por el cuidado y el aseo del altar y sus prendas.

    Gracias a estas condiciones, sabemos los cultos que celebraba la Hermandad de Santa Bárbara en el Carmen: 1) una misa mensual en el altar de su capilla; 2) una fiesta principal a su santa patrona el día de su festividad (4 de diciembre), colocando la imagen de la misma en el altar mayor para conferirle realce, y los años que no podía costear la festividad solemne, disponía una misa cantada en el altar de la santa; y 3) honras (misa cantada con responso) anuales por sus cofrades difuntos. Los cofrades que fallecían en la Isla con derecho a que la Hermandad le costeara el entierro podrían ser sepultados en la cripta de la capilla, con asistencia de la comunidad de los religiosos carmelitas. Para todo ello, la congregación tenía un féretro propio. Sin embargo, todavía no tenemos datos contrastados acerca de si la asociación llegó a sepultar a hermanos suyos en su cripta del Carmen.

    No sabemos si la Hermandad se trajo del Convento de la Candelaria de Cádiz su imagen titular o si por el contrario mandó tallar otra efigie con motivo de su establecimiento en la iglesia conventual del Carmen. Sí parece ser que construyó un retablo, pero al trasladarse de sede, como veremos, se lo llevó junto con la imagen. La capilla fue ocupada después por la imagen de la Inmaculada Concepción y, finalmente, por la Virgen de la Salud tras demolerse en 1842 su capilla situada a la salida de la calle Real y edificada a iniciativa del padre Parodi. Como vestigio del retablo de la hermandad de los artilleros quedó (y queda) la mesa de altar, en cuyo centro figura todavía el escudo de la corporación con la torre alusiva a la iconografía de la santa.

    Al parecer, la Hermandad permaneció en el Carmen durante quince años, trasladándose en 1785 a la nueva parroquia castrense de San Francisco. Quizá, como recuerdo de su etapa carmelita, dejó su nombre a una de las calles del barrio, que todavía hoy lo conserva.

    La causa principal del traslado a San Francisco debió de ser el atractivo de tener su sede en un flamante templo parroquial castrense (las obras se habían iniciado en 1784), más acorde con su naturaleza de hermandad de los artilleros de la Armada. Pero no deben rechazarse la existencia de otras motivaciones que condujeron al abandono de la iglesia conventual del Carmen y el traslado a San Francisco.

    Fue una época, además, en la que creció el culto a santa Bárbara en la Real Isla de León. Así lo demuestra la nueva iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario, del Arsenal (1785-1791), cuya cuarta capilla del lado del evangelio fue dedicada a la santa, colocándose la sagrada imagen con sus atributos (torre, palma de martirio y ostensorio), que se repitieron en el remate o ático del retablo. También se proyectó una capilla dedicada a santa Bárbara en la que iba a ser iglesia parroquial de la Población de San Carlos (hoy Panteón de Marinos), cuyas obras se iniciaron en esos mismos años, concretamente en 1786.

    Estamos lamentablemente muy mal informados sobre la organización y actividad de la Hermandad en San Francisco en esta época de finales del XVIII, aunque debió de ser similar a la que desarrolló en el Carmen. La adscripción de los jefes, oficiales y demás artilleros debió de ser importante. Su hermano mayor nato, desde luego, era el Comandante de las Brigada de Artillería, luego Comandante principal del Cuerpo de Artillería de Marina del Departamento, como se desprende de varios documentos. La Hermandad, como todas las demás, asistía a las exequias de sus cofrades y las de sus familiares, costeaba el entierro y mandaba decir misas por sus almas. Prueba de ello son algunas disposiciones testamentarias otorgadas en los últimos años del Setecientos por artilleros o por sus parientes.

    La mayor información sobre la Hermandad de Santa Bárbara en el tránsito de la centuria decimoctava a la otra nos la proporcionan un par de créditos que tuvo a su favor y los beneficios que los mismos le reportaron. Uno, relacionado con un préstamo efectuado al III Marqués de Ureña, el cual hipotecó, como garantía de la devolución del mismo, un terreno de su propiedad situado en el actual barrio de la Siete Revueltas; otro, la subrogación de una deuda contraída por el Hospital de San José. Renunciamos a exponer aquí los detalles que hemos conseguido sobre los mismos, pues alargarían sobremanera esta nota informativa acerca de la tonante hermandad de los artilleros.

     

    1.12. San Pedro.

    Durante el Antiguo Régimen, los sacerdotes también se agruparon en hermandades para su asistencia espiritual y material. Estas hermandades eclesiásticas solían ponerse bajo el patrocinio de san Pedro, Príncipe de los Apóstoles, considerado tradicionalmente como el primer obispo de Roma. Así ocurrió en Sevilla, en Cádiz y en otras ciudades de nuestro entorno cultural, por ejemplo en Chiclana, donde desde finales del XVII existió una hermandad eclesiástica de San Pedro con sede en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista.

    La Real Isla de León no fue una excepción a los modos y costumbres imperantes. Desde 1778, catorce años después de la consagración de la Iglesia Mayor Parroquial y doce después de su segregación de Cádiz, contó también con una hermandad eclesiástica bajo la advocación del citado apóstol. Al parecer, siguió el modelo gaditano de la antigua hermandad eclesiástica del mismo título establecida por entonces en la iglesia de Santiago. En el caso isleño, la corporación se enriqueció con la tradicional devoción petrina existente en la localidad: San Pedro dio nombre a la primitiva parroquia y al brazo de mar que separaba el territorio de la Isla de León del continente.

    La Hermandad se puso bajo la autoridad directa del prelado gaditano, al que nombró hermano mayor, protector y patrón. Del mismo modo, comunicó su fundación a las autoridades civiles locales, pues en un cabildo municipal celebrado en junio de ese año 1778 se hizo presente "haberse creado en la Iglesia Parroquial de esta Villa una hermandad dedicada al Sr. San Pedro". El Ayuntamiento acordó entonces asistir todos los años a la función solemne en honor del apóstol, lo que verificó durante unos pocos años. La Hermandad de San Pedro, renovada a principios del siglo XIX, recordó esta decisión al Ayuntamiento en 1802, por lo que la Corporación Municipal acordó de nuevo asistir a la función en honor de San Pedro de ese año y a las de los sucesivos.

    Esta corporación eclesiástica fue decayendo a lo largo de la primera mitad del siglo XIX y, al iniciarse la década de 1840, había desaparecido de hecho. Así lo manifestó el presbítero Diego Luna, ex mayordomo de la misma, en un escrito dirigido al obispo en 1843: "la hermandad, a mi parecer, existe de derecho eclesiástico, aunque no de hecho", añadiendo que "si ha acabado esta hermandad, la causa no ha sido otra que la pobreza, por no decir la desidia, de los eclesiásticos, que no han tenido ni tienen para pagar la mensualidad de los dos reales", aunque el mismo sacerdote aclaró que "mas no obstante se continúa haciendo algún pequeño obsequio en el día del santo; y cuando se muere algún eclesiástico, si nos piden, damos lo que podemos". Con todo, la Hermandad de San Pedro debió reanimarse a lo largo de la centuria decimonona, pues existen menciones esporádicas a la misma con motivo de las exequias de sacerdotes isleños de finales del XIX.

    La imagen de San Pedro que fuera titular de esta hermandad de los sacerdotes isleños es obra del escultor gaditano de origen genovés Juan Gandulfo Galera, a quien le fue encargada en 1772. La imagen fue entregada en 1778, el año de la fundación de la asociación, junto con las de San Pablo (aún existente) y San José (desconocida), obras del mismo autor. Nos muestra al apóstol sedente, paramentado de pontífice, con las llaves y el báculo, y en actitud de bendecir. El historiador Monfort observó que la imagen "tiene el defecto de carecer del estolón tendido de pontífice, viéndosele la delgada estola cruzada de presbítero sobre el pecho". La efigie del Príncipe de los Apóstoles estuvo situada en diversas partes del templo a lo largo de su historia: sagrario, altar mayor, cabecera de la nave de la epístola... Finalmente, habiéndose reformado profundamente la Iglesia Mayor Parroquial en la década de 1950, la antigua imagen sedente pasó a la sacristía, donde continua.

    Los antiguos inventarios parroquiales del siglo XIX citan también la existencia de un pendón de terciopelo morado, guarnecido con galón dorado y con borlas y cordones también de oro, perteneciente a la Hermandad de San Pedro.

     

    1.13. Cristo de las Misericordias.

    Esta congregación fue un antecedente de la Esclavitud de San José, a la que insufló inicialmente su carácter de corporación mayoritariamente eclesiástica y a la que trasvasó sus devociones inmaculistas y josefinas.

    Los presbíteros isleños Antonio José Herrera y Juan Evangelista Ximénez solicitaron al obispado en 1783 fundar una congregación bajo el título de "Cristo Nuestro Señor Misericordioso, María Santísima en el Misterio de su Concepción Inmaculada, y por protector al Patriarca Señor San José", con sede en la capilla de la Escuela de Cristo y con la finalidad de "hacer bien y rogar a Dios por los que están en pecado mortal".

    Este curioso y piadoso tipo de congregación tardobarroca ya existía tanto en Sevilla como en Cádiz, donde se las conocía vulgarmente como la "Congregación contra el Pecado Mortal". A su semejanza, se fundaron hermandades de esta naturaleza en otras localidades del arzobispado hispalense (Estepa, Dos Hermanas, Alcalá de Guadaira), algunas de ellas unidas a órdenes terceras servitas.

    La elección de los titulares de la Congregación isleña fue más que significativa: el Cristo de las Misericordias (un crucificado), la Inmaculada Concepción (antigua titular de la parroquia, patrona de España e Indias, patrona de la Real Isla de León) y san José (patrón de la villa). La elección de la capilla oratorio de la Escuela de Cristo como sede quizá se deba al hecho de tener el mismo titular, es decir el Cristo de las Misericordias, o bien a que dichos presbíteros fundadores también estaban inscritos en esa otra asociación. El caso es que ambos manifestaron que la fundaban "con el deseo de que entren en esta nueva congregación los que ya se hallan alistados en la conocida con nombre de Escuela de Cristo, que tiene iglesia pública bien situada en este pueblo, y cuyos ejercicios se practican con tanta concurrencia, edificación y piedad". El hecho de compartir sede, directivos y hermanos quizá acabó suscitando algún tipo de unión, incluso una fusión, entre ambas corporaciones.

    El obispo don José Escalzo y Miguel ordenó ese año que, antes de aprobarla, ajustara sus constituciones a las de las congregaciones homónimas de Sevilla y Cádiz. Finalmente, juzgándolo útil y piadoso, el referido prelado autorizó el establecimiento y aprobó las reglas en 1786, tres años después de la solicitud. El obispo nombró hermano mayor y diputado eclesiástico a los dos fundadores, o sea los presbíteros Antonio de Herrera y Juan Evangelista Ximénez respectivamente; y diputado seglar, al célebre Marqués de Ureña, miembro de no pocas hermandades y corporaciones de la Isla de León a fines del Setecientos.

    La Congregación del Cristo de las Misericordias admitía sólo a "los que fueren notoriamente de loables costumbres y de limpia y casta generación". Los congregantes, para ser admitidos, debían prestar voto o juramento de defender la Inmaculada Concepción de María Santísima, según la costumbre implantada en muchas corporaciones hispalenses e imitadas luego por otras andaluzas. Aunque la congregación se componía de sacerdotes, tanto diocesanos como regulares, y de seglares, su organización interna revelaba que se trataba de una corporación primordialmente eclesiástica.

    La fuente de ingresos principal era la limosna que los congregantes habían de pedir públicamente. A este fin, las reglas ordenaban que los mismos debían llevar una espuerta y un farol, irían pregonando en alta voz por las calles el anuncio siguiente: "Para hacer bien y decir misas por la conversión de los que están en pecado mortal", y de vez en cuando entonarían "algunas jaculatorias o saetas", concluyéndolas con el sonido de una campanilla que portarían al efecto. La cantinela o invocación con que se anunciaban los demandantes de la congregación originó seguramente que el pueblo acabara conociéndola como la congregación "contra el pecado mortal".

    El principal instituto de la congregación, como hemos dicho, era "solicitar por todos los medios que los pecadores salgan de su infeliz estado". Para ello, las reglas prescribían los cultos y actividades siguientes: 1) celebrar un número de misas mensuales que se aplicarían "con preferencia a ocupar las manos ociosas y alimentar a los jóvenes en edad peligrosa"; 2) hacer ejercicios espirituales en la capilla tres veces por semana, con oraciones a los titulares (el Santo Cristo, la Inmaculada Concepción y san José); 3) un día de retiro espiritual en la capilla cada mes, con exposición del Santísimo toda la jornada; 4) organizar procesiones de misión con los hermanos, dirigiéndose a diferentes iglesias donde se predicarían sermones edificantes; 5) honras anuales en noviembre por las almas de los congregantes difuntos.

    Con respecto a las procesiones de misión, nada indicaba que se hicieran con sagradas imágenes. Pero pudo haber sido así, quizá con el propio Santo Cristo titular. Su carácter vespertino fue impuesto en cumplimiento de lo dispuesto por Carlos III en 1783 y debido al riesgo que suponía que estas pías procesiones de misión se adentraran en la oscura y desvergonzada noche.

    No disponemos, por el momento, de más noticias sobre esta peculiarísima congregación isleña. Pero tenemos la impresión de que su vida fue corta. Quizá hubo un proceso de "reconversión" que se saldó con la creación de la Esclavitud de San José, fundada sólo tres años después y también por una mayoría de eclesiásticos, entre los que se encontraban precisamente los dos fundadores de la Congregación que nos ocupa. No en vano, ésta tenía como protector y cotitular a san José, y no en vano la hermandad josefina tomó de ella su devoción concepcionista. En todo caso, los documentos de años posteriores no mencionan ya a la Congregación del Pecado Mortal.

     

    1.14. Virgen de las Mercedes.

    La Hermandad de Nuestra Señora de las Mercedes, san Crispín y san Crispiniano fue fundada en la Isla de León en 1794, siendo aprobada y erigida ese mismo año en la capilla del Santo Cristo de la Vera Cruz, ordenándosele se rigiera en todo por las constituciones y estatutos de la homónima hermandad gaditana del Convento de los Descalzos. La confraternidad isleña fue agregada a la Real y Militar Orden de María Santísima de la Merced, Redención de Cautivos, por fray Diego López Domínguez, maestre general de toda la Orden, según letras dada en el convento mercedario de Madrid en 1795, a efecto de conseguir las indulgencias, prerrogativas y gracias espirituales concedidas a las cofradías de esa orden por los sumos pontífices.

    Por influencia de la hermandad gaditana que sirvió de modelo, la corporación isleña aunó en su seno dos devociones en principio dispares: la Virgen de las Mercedes, patrona de la orden mercedaria redentora de cautivos, y los santos mártires Crispín y Crispiniano, patronos de los zapateros.

    La orden de los mercedarios tenía un importantísimo convento en Jerez de la Frontera. Varios religiosos mercedarios del convento xericiense predicaron con fortuna en la Isla de León a finales del XVIII. Uno de ellos fue fray Cayetano Quijada Bello, el cual fue muy bien acogido en el barrio del Santo Cristo, tanto que el religioso jerezano llegó a ser nombrado capellán de la pequeña iglesia que había sido edificada pocos años antes y donde se había fundado en 1784 la Cofradía del Cristo de la Vera Cruz. A través de la encomiable labor apostólica desplegada por fray Cayetano en el barrio, la devoción hacia la Virgen de las Mercedes floreció y se expandió, fundándose la hermandad. Y además consiguió revitalizar también la Cofradía de la Vera Cruz, vinculándola al numeroso gremio de los mareantes o navegantes isleños.

    En cuanto a los zapateros, la insoslayable y poderosa influencia de Cádiz se extendió, como era de esperar, a la vecina Real Isla de León. Cuando los zapateros isleños quisieron agremiarse en la década de 1770, copiaron casi servilmente el modelo gaditano y tomaron por patronos a la Virgen de las Mercedes y los santos Crispín y Crispiniano, rigiéndose por las mismas ordenanzas corporativas. Estas devociones las trasladaron a la hermandad fundada años después, d ela que formaron parte.

    Suponemos que la Hermandad de las Mercedes isleña se limitaba a organizar solemnes cultos en la capilla del Santo Cristo con motivo de la festividad litúrgica de la titular (24 de septiembre), conmemorándola con una función solemne y festejándola también con actividades más profanas, según el uso de la época. Probablemente también rendía algún tipo de culto en honor de los santos mártires cotitulares. Igualmente costeaba las exequias de sus hermanos difuntos, como era costumbre en todas las hermandades y cofradías por entonces. No tenemos noticias de procesiones con la imagen de la Virgen de las Mercedes.

    La devoción a la Virgen de las Mercedes creció mucho en el barrio del Santo Cristo durante los años siguientes. Sabemos que en 1804 se pretendió colocar una efigie (réplica escultórica o pintura) de esta Señora en una hornacina abierta en la fachada de una casa de la calle San Rafael esquina a la de las Pitas (hoy, Santa Teresa de Jesús), con la idea de propagar su devoción excitando la piedad de los fieles. De haber subsistido su hermandad, quizá se hubiera convertido en una especie de patrona particular de ese barrio que crecía en la zona oeste del antiguo manchón de Olea, asomándose a la bahía gaditana.

    Sin embargo, una serie de adversas circunstancias truncaron la historia de la hermandad mercedaria, apenas iniciada, cuando se vislumbraba un futuro esplendoroso para la corporación. Nos referimos fundamentalmente a la invasión francesa de la Península (1808-1813), al asedio que el ejército napoleónico sometió a Cádiz y la Real Isla (1810-1812), y, en definitiva, al inicio del fin del llamado Antiguo Régimen que desembocaría en la instauración del Estado liberal y revolucionario con sus medidas antigremiales que tanto perjudicarían y darían al traste con las hermandades y cofradías andaluzas. En el caso concreto de la Hermandad de las Mercedes hubo otro contratiempo particular que influyó en su decadencia. No fue otro que el regreso de fray Cayetano Quijada, valedor y propagador de la devoción mariana y sostenedor de la capilla del Santo Cristo, a su convento de Jerez hacia el año 1815. Su partida puede que fuera debida a la frustración de un entusiasta anhelo suyo: la fundación de un hospicio de religiosos mercedarios en la capilla de la Vera Cruz.

    Tal vez como remedio a un declive inexorable, la hermandad con sus imágenes titulares se trasladó a la Iglesia Mayor Parroquial. Los motivos no están todavía claros y la fecha exacta del traslado permanece velada por las brumas de la escasez documental. En todo caso, parece ser que la Virgen de las Mercedes ya recibía culto en la Iglesia Mayor en 1819. Sabemos también que al año siguiente la Hermandad tuvo un pequeño conflicto con la Cofradía del Cristo de la Expiración. Pero en una nómina de hermandades del año 1834 se la menciona ya como extinguida. Por lo tanto, la actividad de esta hermandad cesó en la década de 1820, un cuarto de siglo después de haberse fundado.

    La Virgen de las Mercedes conoció a partir de entonces un segundo período histórico, pero ya como imagen devota, sin hermandad, venerada así en la Iglesia Mayor Parroquial por los fieles. Este segundo ciclo de la historia de la imagen fue muchísimo más largo, pues comenzó en el segundo cuarto del XIX y se prolongó hasta mediados del siglo XX. La imagen de la Virgen de las Mercedes se veneró a los pies de la nave del evangelio durante todo este tiempo. Las imágenes de los santos Crispín y Crispiniano fueron transformadas en la década de 1870 en las de los también santos Servando y Germán, y destinadas a la recién consagrada capilla del Cerro de Los Mártires.

    La tercera parte de la historia de esta errante imagen mariana se inició en el año 2003 en la capilla del antiguo hospital de San José, gracias a la restauración de la antigua talla letífica a iniciativa de la joven Cofradía del Cristo de la Sangre y Nuestra Señora de los Desamparados. Un auténtico rescate contemporáneo de la Virgen de las Mercedes, cuya orden tantos cautivos cristianos redimió y rescató de las fortalezas musulmanas.

     

    1.15. Virgen del Pilar.

    La Hermandad o Congregación de la Virgen del Pilar de Zaragoza, de la Real Isla de León, fue fundada en 1798 en la céntrica capilla de San Antonio, templo que había sido construído pocos años antes según los planos de Torcuato Cayón. El presbítero don Ramón Jiménez, capellán de dicha iglesia, solicitó al obispado permiso para fundarla con objeto de sacar un rosario de la aurora todos los días, seguido de una misa matutina, y las tardes de los días festivos. Las autoridades eclesiásticas informaron favorablemente acerca de la fundación, alehgando la mucha necesidad que había "de una misa de aurora" en una localidad donde el vecindario habría crecido tanto. No obstante, no hemos hallado el correspondiente decreto episcopal de erección canónica.

    La congregación pilarista y rosariera isleña pudo tener dos conspicuos modelos en sendas ciudades vecinas: la antigua e ilustre Hermandad de Nuestra Señora del Pilar, sita en la Parroquia de San Pedro, de Sevilla; y la Archicofradía de la Virgen del Pilar, fundada en 1730 en la nueva iglesia de San Lorenzo de Cádiz. Ambas tenían como actividad principal de culto la celebración solemne de la festividad de la titular y una procesión vespertina de rosario con estandarte y faroles.

    Patrocinada y auspiciada por el padre Jiménez, la Congregación alcanzó pronto un notable auge y mucho esplendor en sus cultos (novena y función en octubre, rosarios públicos diarios). Según las fuentes parroquiales, los cultos con motivo de la solemnidad de la Virgen del Pilar se celebraron con regularidad en la iglesia de San Antonio durante el primer tercio del siglo XIX, curiosamente cuando ya decaían los de otras hermandades y cofradías isleñas. Un informe eclesiástico sobre esta Congregación, fechado en 1832, afirma que "ha tenido su mayor incremento progresivamente de poco mas de doce años a esta parte, en cuya actualidad se halla muy regularmente constituida, y que celebra sus funciones con mucha solemnidad".

    Otra prueba de su auge en los años finales de 1820 y primeros de 1830, es que la Congregación del Pilar fue instituida en 1831 heredera de los bienes de Petra Santamaría Diosdado, junto con un sobrino menor de edad de ésta. La herencia consistía en una casa situada en la calle de la Cruz Verde (hoy, Juan de Mariana) número 25, cerca pues de su sede canónica. La mitad de la casa, por lo tanto, habría de quedar al cuidado del mayordomo de la Hermandad del Pilar, "a fin de que sus rendimientos los emplee en el mayor fomento y culto de nuestra Señora del Pilar, sin darle otro algún destino ni aplicación".

    Sin embargo, el auge pronto se trocó en decadencia y olvido. La última noticia que tenemos de esta asociación mariana es una disputa que sostuvo en 1832 con la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario con motivo del turno que les correspondía en la celebración del jubileo circular. La Congregación del Pilar no existía cuando entraron en vigor las leyes esparteristas de 1840-1841. No obstante, sí parece que tenía vida en 1845, según la nómina de hermandades y cofradías que levantó la Cofradía del Santo Entierro. Pero definitivamente ya no figura en la lista redactada nueve años después por el arcipreste de la ciudad. Así pues, podemos afirmar provisionalmente que se extinguió a mediados del siglo XIX, tras apenas cinco décadas de historia.

    La imagen titular, ya sin hermandad, siguió venerándose en la iglesia de San Antonio. Los inventarios decimonónicos de este templo (alguno se refiere a ella como "Virgen de los Santos") la describen como una imagen de talla completa, con corona de plata, acompañada de dos pequeñas imágenes de santos relacionados directamente con la advocación pilarista: Santiago Apóstol y San Hiscio. Aunque ya no había asociación de fieles, hay noticias de que los capellanes de San Antonio se ocuparon de celebrar cultos solemnes con motivo de su festividad a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del XX, sobre todo durante el rectorado del padre Eladio Cano.

    Al cerrarse al culto la iglesia de San Antonio en la posguerra, la dieciochesca imagen de la Virgen del Pilar fue depositada en el cercano Convento de las MM. Capuchinas, donde todavía se le tributaron sencillos cultos en su fiesta durante unos pocos años. En el año 1949, la efigie mariana fue enviada a la nueva parroquia de la Inmaculada Concepción (Casería de Ossio). La peregrina imagen todavía se veneró allí por espacio de veinte años más. Los inventarios parroquiales de los años 1960 la mencionan con nitidez: "una Virgen del Pilar de madera con corona de plata"; y aluden a su colocación en una repisa: "una imagen de madera estofada, pequeña, en su columna -- una corona de plata". Pero fue retirada del culto en los años 1970, desapareciendo su rastro.

    La devoción a la Virgen del Pilar en San Fernando tuvo, no obstante, un digno epílogo. Al menos en lo que se refiere a asociaciones de fieles que la tuvieran por titular. En efecto, otra imagen de la patrona de España, réplica de la venerada en Zaragoza, fue donada en 1954 a la Iglesia Mayor Parroquial, siendo colocada en una hornacina a los pies del altar del patrón san José. El diestro isleño Rafael Ortega donó entonces un capote de paseo de su propiedad para que, con sus bordados en oro, se hiciera un manto para esta nueva imagen. Finalmente se suscitó ese mismo año de 1954 una Asociación de Caballeros de la Virgen del Pilar con sede en dicho templo. La nueva asociación parece que estaba impulsada por aragoneses vecinos de San Fernando, pero también pretendía aglutinar a la Guardia Civil, los funcionarios y empleados de Correos, así como los secretarios, interventores y depositarios de la Administración Local, de todos los cuales eran patrona la Virgen del Pilar. Apenas tenemos más datos sobre esta asociación de la posguerra, cuya vida en todo caso debió ser efímera.

     

    1.16. Congregación de la Luz, Vela y Mayor Culto al Santísimo Sacramento.

    De 1799 es la primera mención documentada sobre la existencia de esta congregación eucarística en la Real Isla de León. No sabemos la fecha exacta de la fundación, ni siquiera cuál fue su sede canónica (¿la iglesia de San Antonio?). Se organizó seguramente de forma semejante a la congregación matriz fundada en Madrid en 1789, luego en Sevilla en 1791 y después en Cádiz. La congregación madrileña fue creada bajo el patrocinio del rey Carlos IV, con el objeto de alumbrar y velar contínuamente al Santísimo Sacramento. El fin principal era, pues, el culto constante a Jesús Sacramentado: los congregantes se comprometían a que ardieran siempre dos velas en el sagrario, como recordatorio de la presencia divina en la eucaristía, y a orar allí durante media hora sucesivamente, para que el Santísimo estuviera continuamente acompañado.

    La congregación isleña tuvo vida activa durante la primera mitad de la centuria decimonona. Sabemos incluso que en 1802 le fueron donadas varias alhajas para que construyera con ellas una custodia, pero, al no materializarse este proyecto, la donación se transfirió a la iglesia de San Antonio para el mismo fin.

    Apenas tenemos noticias de su devenir histórico durante la primera mitad del XIX. Tras diez años de inactividad, la Congregación fue restablecida en 1854 a iniciativa del arcipreste de la ciudad secundado por un grupo de distinguidos ciudadanos isleños, llegando a contar por entonces con 135 congregantes. Con este motivo, el obispo decretó que se redactaran nuevos estatutos, pero no tenemos datos de los mismos, ni de lo que aconteció después. Parece ser que, con posibles altibajos (activa en 1862, no en 1879), la Congregación de Luz y Vela continuó viva en San Fernando durante toda la segunda mitad del siglo XIX. Lo confirma el hecho de que seguía funcionando en 1902, siendo considerada por entonces como una de las asociaciones más antiguas de la ciudad. Mas, poco después, la Luz y Vela se apagó definitivamente.

     

    1.17. Virgen de la Salud.

    La Hermandad de la Virgen de la Salud fue la última de las hermandades isleñas clásicas fundadas durante el Antiguo Régimen. En realidad fue la penúltima, si contamos la sui generis Hermandad de la Santa Caridad, fundada en 1805. Hasta nueve décadas después de su aprobación, no se crearía otra corporación de esta naturaleza en San Fernando. La asociación religiosa se constituyó en la capilla de su propio título en los primeros años del siglo XIX y tuvo una breve vida. La sagrada imagen mariana que le dio origen fue venerada durante medio siglo en esa ermita situada a la salida de la localidad camino de Cádiz. Al cerrarse este pequeño templo en 1840, la Virgen de la Salud fue trasladada a la iglesia conventual del Carmen, donde ha venido recibiendo desde entonces la veneración de los fieles durante un siglo y medio bien largo.

    La devoción a la titular de la capilla nació desde el momento en que la sagrada imagen fue ubicada en la misma, tras su adquisición en Sevilla en 1790 a iniciativa del presbítero genovés Jácome Parodi. Quizá desde un primer momento hubo deseos de formarle una hermandad. Sin embargo ésta no se formalizó hasta algunos años después. Antes, se fundó la Cofradía del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo en la misma ermita. Hay indicios de que esta cofradía se encargó de algún modo del culto a la Virgen de la Salud antes de 1800 y que la Hermandad de esta Señora nació tal vez como una segregación de la cofradía de penitencia.

    La devoción hacia la Virgen de la Salud creció, sin duda, a raíz de su primera salida procesional: una procesión extraordinaria de rogativas que presidió junto con la popular imagen de Jesús Nazareno durante la epidemia de fiebre amarilla de 1800. Quizá fue entonces cuando tomó cuerpo la idea de formarle una hermandad. En efecto, la Hermandad de Nuestra Señora de la Salud fue fundada en 1800 por un selecto grupo de destacadas personalidades isleñas: nobles titulados (como los marqueses de Arellano y Premio Real), regidores y diputados (es decir concejales), abogados y escribanos (o sea notarios), marinos, propietarios, etc. Abundaban entre ellos, sospechosamente, los dirigentes y hermanos de la Cofradía del Santo Entierro.

    El obispo la aprobó, en principio, de forma verbal en ese año de 1800; aprobación que fue confirmada sin otras formalidades en 1801 por el vicario general de la diócesis en sede vacante, durante la visita que éste giró a la Real Isla de León. La Hermandad de Nuestra Señora de la Salud fue erigida y sus constituciones finalmente aprobadas sub conditione en mayo de 1802 por el provisor y vicario general.

    La Hermandad de la Salud fue una de las pocas asociaciones de fieles isleñas que sabemos intentó cumplir sin evasivas el requisito de presentar sus constituciones al examen, revisión y aprobación del Consejo de Castilla, según lo ordenado por Carlos III en 1783. Así se demuestra en el poder especial otorgado a un procurador de Madrid por el hermano mayor, a los tres meses de la aprobación eclesiástica. Sin embargo, el éxito o fracaso de los trámites nos es desconocido por ahora.

    Las constituciones de 1802 disponían los cultos siguientes en honor de la Virgen de la Salud: 1) Diariamente, santo rosario por las calles de la villa en forma de procesión, dentro de la tradición de los rosarios públicos fundados por fray Pablo de Cádiz a finales del Seiscientos. 2) Una novena en septiembre que principiaba el sábado anterior a la fiesta de la Natividad de la Virgen (8 de septiembre) y concluía en la festividad del Dulce Nombre de María (12 de septiembre). 3) Una procesión con la sagrada imagen mariana titular el día 12 de septiembre, aunque las constituciones no indicaban detalles sobre cómo habría de ser esta procesión, sino sólo que estaría supeditada al estado de los fondos sociales. 4) Honras por los hermanos difuntos al día siguiente de concluir la referida novena, con misa cantada y vigilia.

    Como ocurría con las hermandades de Divina Pastora y Vera Cruz, la Hermandad de Nuestra Señora de la Salud deseaba ser propietaria tanto de la imagen titular, como de la capilla donde radicaba. Al solicitar su aprobación canónica, los congregantes de la Salud insistieron en que la capilla fue "erigida con las limosnas que en este vecindario ha postulado el presbítero don Santiago Parodi, de las que también procede la imagen titular que existe en ella". Es decir, una forma de declarar y recalcar que el templo y la efigie pertenecían por derecho a Parodi (y por lo tanto a la hermandad) y no a la Iglesia. No obstante, el obispo se encargó de dejar bien clara la nítida separación que debía existir entre la capilla y la imagen titular, de un lado, y la Hermandad, de otro; y las autoridades eclesiásticas siempre dictaron normas tendentes a dejar sentado que la Capilla de la Salud, sus imágenes y enseres pertenecían al obispado, no a la asociación de fieles ni a ningún particular.

    La imagen de Nuestra Señora de la Salud había sido traída de Sevilla en 1790 por encargo del padre don Jaime Parodi Macaggi, para que presidiera la capilla que le estaba construyendo a la salida de la localidad. Es la única muestra indudable de imagen mariana de gloria de escuela sevillana en nuestra ciudad. La bella imagen es de las de vestir o de candelero. Lleva al Niño Jesús, de talla completa, en su brazo izquierdo. Muestra a su Hijo como celestial ostensorio. Ambas imágenes lucen coronas de metal plateado, la Virgen porta un cetro en la mano derecha; el Niño, un orbe y calza zapatitos de plata. Juan Dobado la sitúa dentro de la estética andaluza de la segunda mitad del siglo XVIII, en la tendencia neoclásica y en el estilo del escultor hispalense Cristóbal Ramos (f. 1799).

    Por una causa o por otra, la aristocratica Hermandad de Nuestra Señora de la Salud se malogró y apagó casi en sus inicios: una hermandad marchitada prematuramente, sin dar los anhelados frutos que se esperaban de ella. De existir hoy, hubiera podido ser una de las antiguas, clásicas y señoriales hermandades de gloria isleñas. Y tendría por titular a una de las imágenes marianas mejores y más hermosas de la ciudad.
    Entre los años 1810-1818, la Capilla de la Virgen de la Salud fue ocupada por religiosos capuchinos, fugitivos de los ejércitos napoleónicos. Luego, a principios de la década de 1820, fue cerrada al culto por hallarse en ruina. La imagen de la Virgen fue llevada entonces a la casa de su camarista, situada en la plaza del Carmen o sus inmediaciones. Una vez reparada provisionalmente la ermita, la efigie mariana fue conducida en procesión de nuevo a su sede.

    Ante el desalojo de la capilla por parte de la Cofradía del Santo Entierro en 1830 y ante el empeoramiento del estado de la ermita que ello acarreó, se estimó que la instalación de una comunidad religiosa era un remedio para los males que afligían a la capilla que fundara el P. Parodi. Durante algún tiempo, ante diversas instancias oficiales, se luchó sin éxito por que la capilla acogiera una comunidad femenina de clausura, en concreto de religiosas carmelitas descalzas. De haber prosperado esta iniciativa, quizá la Capilla de Nuestra Señora de la Salud se hubiera conservado y llegado a nuestros días.

    La imagen de la Virgen titular permaneció en su ermita hasta que doce años después, en 1842, fue trasladada a la iglesia del Carmen. Llegó a una iglesia ex conventual, cuyos religiosos habían sido exclaustrados cinco años antes. Fue colocada en la cuarta o penúltima capilla de la nave de la epístola, donde en la centuria anterior radicó la Hermandad de Santa Bárbara y donde hoy día continúa venerándose cobijada en un retablo neoclásico.

    Para desdicha de la historia religiosa local y desventura de los ideales del padre Parodi, el destino de la Capilla de Nuestra Señora de la Salud era su completa demolición y desaparición. La ermita, en efecto, fue desbaratada en ese mismo años de 1842 y sus materiales se emplearon en reparar otros templos de San Fernando. Tan completa fue la demolición, que no quedó vestigio alguno de la ermita y aún hoy no se sabe con exactitud en qué parte de la zona situada a la salida de la Isla estuvo situada la Capilla de la Salud.

     

    1.18. Santa Caridad.

    Si el padre Parodi quiso pasar a la posteridad, lo consiguió con creces. No sólo por la copiosa masa documental que generó la controvertida fundación y aprobación de la Cofradía del Santo Entierro, sino también por las tres asociaciones de fieles sucesivas que, en un alarde de prestidigitación cofrade, suscitó ladinamente para que residieran en la capilla de Nuestra Señora de la Salud que él había fundado y para que, por ende, se ocuparan de su mantenimiento material y le otorgaran estabilidad jurídica: la propia Cofradía del Santo Entierro (1795), la Hermandad de la Virgen de la Salud (1801-1802) y finalmente la Hermandad de la Santa Caridad.

    En efecto, apagados los fuelles de la cofradía de penitencia y de la hermandad mariana aludidas, don Jácome ideó crear una Hermandad de la Santa Caridad, siguiendo, no el modelo de la muy antigua de la vecina Cádiz, que se remontaba a fines del siglo XVI en el Hospital de la Misericordia que luego fue de San Juan de Dios, sino el modelo de la no menos antigua, devota, insigne y poderosa Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla, la de Miguel de Mañara, la de la fastuosa, barroca iglesia de San Jorge con imágenes de Pedro Roldán y pinturas de Valdés Leal. La asociación no tuvo, pues, tanto naturaleza de hermandad o cofradía como la de una piadosa sociedad benéfica. Por ello, quizá no debería incluirse en esta relación de hermandades isleñas extinguidas. Pero lo hacemos por ser una original creación más del presbítero genovés Jácome Parodi y por tener como base social las mismas personas que fundaron e integraron las otras dos corporaciones parodianas antedichas.

    La Hermandad de la Santa Caridad de la de la Real Isla de León fue creada en 1805, incitada, a no dudarlo, por el horrendo espectáculo de lastimosa improvisación e inhumanas carencias que había causado cinco años antes la epidemia de fiebre amarilla. Acostumbró a titularse oficialmente como Humilde y Real Hermandad de la Santa Caridad, justo como hacía la hermandad hispalense. Probablemente también usaría el escudo característico de la corporación sevillana (un corazón en llamas surmontado de una cruz arbórea) en su sede, cultos, documentos y enseres.

    Un selecto grupo de distinguidos isleños, tanto eclesiásticos como seglares, compadecidos "al ver la falta que hay en este vastísimo pueblo de establecimientos piadosos que tengan por objeto aliviar y socorrer las muchas y graves necesidades que ocurren", se reunieron en 1805 en la capilla de la Salud para fundar dicha hermandad bajo la protección de Nuestra Señora de la Salud y de los santos patronos san Servando y san Germán. Los fines edificantes y útiles de su instituto, los vastos objetos de caridad que perseguía y el buen orden que observaban este tipo de hermandades en casi todas las capitales y ciudades populosas en que estaban favorecieron su inmediata aprobación por la autoridad eclesiástica, siendo erigida por el obispo don Javier Utrera según decreto dado en Cádiz el 16 de octubre de 1805, ordenando que se arreglaran en todo a las constituciones sevillanas y que obtuvieran también la aprobación del Consejo de Castilla.

    Ya hemos dicho que las hermandades de la Santa Caridad de Sevilla y de Cádiz estaban integradas por personas de las más distinguidas y encumbradas de ambas ciudades. La composición de la hermandad de la Isla de León era también muy selecta y exquisita. Baste con decir que de las veintitrés personas que componían la primera junta de gobierno, siete eran eclesiásticos, probablemente los más representativos e influyentes de la localidad; de las dieciséis personas restantes, doce eran marinos de guerra de alta graduación, entre ellos, dos nobles titulados y cuatro caballeros de órdenes militares. Las juntas de gobierno posteriores que conocemos siguieron teniendo esa composición distinguida y representativa de la sociedad isleña, sumándose a las mismas también regidores del Ayuntamiento y funcionarios civiles.

    Tenemos más datos sobre la historia posterior de esta hermandad sanfernandina: sus difíciles comienzos por la escasez de fondos para tan altruistas fines, que restringieron su actividad al enterramiento de ajusticiados; su traslado de sede a la Iglesia Mayor Parroquial hacia 1810, motivado quizá por la llegada de los frailes capuchinos a la ermita de la Salud; el importantísimo legado de fincas urbanas que recibió en propiedad en 1817, gracias a la fundación piadosa que dejó dispuesta Francisco Javier Jennett, rico comerciante de origen irlandés, al que podríamos bautizar como "el Miguel de Mañara isleño"; sus intentos de unirse con el Hospital de San José para formar una macro-institución de misericordia, planes que fueron denegados por el obispado; la expropiación de todos sus inmuebles sufrida durante las desamortizaciones liberales; su adscripción por imperativo legal, como todas las antiguas instituciones de beneficencia, a la administración estatal o local, etc.

    Pero no es nuestro objetivo exponer todo ello aquí. Nos basta con saber que en esta ciudad existió una Hermandad de la Santa Caridad durante el primer tercio del siglo XIX, semejante a la sevillana y con sus mismos fines altruistas. Esta institución fue víctima de uno de los distintivos de la Real Isla de León dieciochesca: un municipio nuevo, pero tardío, que quiso imitar las instituciones de las localidades circundantes, cuando los cimientos y pilares que las sustentaban se desmoronaban al compás de la crisis del Antiguo Régimen.

     

    1.19. Otras hermandades dieciochescas de vida efímera.

    1. Congregación de la Virgen de los Dolores, de la iglesia del Carmen. En principio, no tenemos constancia de que la Dolorosa carmelitana tuviese alguna hermandad o congregación que le rindiera culto regular. Sin embargo, Agustina del Castillo, mujer de Lucas Lozada, caballero de Calatrava y teniente de fragata, dejó dispuesto en su testamento otorgado en 1773 que a "su cadáver, amortajado con el hábito de Dolores de la Congregación que existe en el convento de religiosos carmelitas descalzos de esta villa, se le diese sepultura en la iglesia del mismo convento, con el funeral de entierro general". Sabemos que su voluntad se cumplió y que tras su fallecimiento fue sepultada "con el citado hábito en el cañón o bóveda de nuestra Madre y Señora de los Dolores del referido convento". Quizá se trate de una confusión con la Orden Tercera servita de la Iglesia Mayor Parroquial, o quizás hubo en efecto una fugaz congregación dedicada a Nuestra Señora de los Dolores en la iglesia conventual. Nos faltan más datos esclarecedores al respecto.
    2. Esclavitud de Nuestra Señora de los Dolores, del Arsenal de la Carraca. A finales del siglo XVIII existió en la nueva iglesia parroquial del Arsenal una hermandad dedicada a Nuestra Señora de los Dolores. Un grupo de devotos, encabezados por el contramaestre Ignacio Montero, solicitó en 1785 el establecimiento de una congregación para dar culto a María Santísima de los Dolores. El fundador y los congregantes, deseando que la asociación fuera a más, solicitaron al Vicario General Castrense licencia para comenzar a practicar las diligencias necesarias para constituirse formalmente en hermandad, "arreglada a las constituciones de la de Barcelona o arreglándonos a lo que V. S. imponga". Esta mención a la hermandad de la Ciudad Condal es particularmente interesante, pues suponemos que se trataba de la Orden Tercera servita barcelonesa creada en 1663, la primera fundada en España. Por consiguiente, esta Hermandad de Dolores del Arsenal sería también una congregación seglar servita.

      Un documento de 1789 demuestra que ya spor entonces e hacía una función anual a Nuestra Señora de los Dolores, costeada con las limosnas que conseguían sus devotos entre los moradores del complejo industrial militar. La última noticia que tenemos de esta congregación es que, en 1793, estaba constituida con la denominación de Esclavitud. En cuanto a la imagen titular, debe tratarse indudablemente de la Dolorosa de talla completa que hoy se venera junto a un Santo Cristo crucificado en la capilla bautismal, a los pies de la nave del evangelio de la iglesia del Arsenal. No es inverosímil que la hubiese tallado alguno de los escultores que trabajaban en el propio Arsenal en la segunda mitad del XVIII.
    3. En los últimos años del siglo XVIII, según algunos testimonios documentales, existía una Hermandad de la Pura y Limpia Concepción en la Iglesia Mayor Parroquial, cuya imagen titular debió de ser, sin duda, la antigua talla del Castillo. Un alférez de fragata procedente del cuerpo de pilotos de la Real Armada benefició a esta desconocida congregación con un legado consistente en una casa de su propiedad situada en la calle San Nicolás, "para que con los arrendamientos de dicha casa se distribuyan en el mayor y mejor culto de Dios y de su Santísima Madre en los días de la novena que anualmente se hace a esta Soberana Señora en dicha parroquial iglesia". No hemos hallado más datos acerca de esta hermandad, ni cúando se fundó ni cuál fue su trayectoria histórica. Sospechamos que tuvo seguramente una vida fugaz.
    4. La Inmaculada Concepción también fue titular de una curiosísima cofradía infantil creada en la Real Isla en 1798 y titulada Cofradía de María Santísima en su Concepción Inmaculada. La formaba un grupo de jóvenes o niños que salían cantando y rezando el rosario por las calles de la villa, con la pretensión de extender esta devoción en honor de la Virgen. El grupo no tenía su sede en ningún templo, sino en el domicilio familiar de uno de los cofrades. El vicario de la Isla de León admitió sus cultos a causa de "la inocencia de sus corazones" y "siempre que su devoción fuese verdadera y permaneciesen con juicio". Los cofrades salían en procesión de rosario "con las insignias acostumbradas" o "proporcionadas a su edad". Llegó a obtener algunas indulgencias concedidas por el obispo de Cádiz. No creemos que pasara de un episodio anecdótico.

    Hermandades decimonónicas extinguidas

      Fernando Mósig Pérez, 2007.

      2.1. Generalidades.

      Durante la época de la Restauración borbónica (1875-1931), y después en los años de la posguerra (1939-1962), se fundaron y florecieron numerosas congregaciones y asociaciones piadosas en la ciudad. Nacieron al amparo de las circunstancias políticas favorables de cada uno de esos momentos históricos y fueron alentadas por la jerarquía eclesiástica para fomentar las prácticas piadosas tradicionales, como medio de poner en práctica la doctrina social católica definida por León XIII, como forma de contrarrestar en la medida de lo posible el avance de las nuevas ideologías descristianizadas (o incluso abiertamente anticristianas), y como medio de atraerse a las masas obreras alejadas de la Iglesia.

      La religiosidad de los sectores altos y medios de la población, más individualista e ilustrada, aceptaba y toleraba las manifestaciones de la piedad popular plasmada en las hermandades y cofradías. Pero también las rechazaba en cierto modo, considerándolas impropias de los fieles católicos más formados. La piedad de estos grupos sociales halló cauce apropiado en estas congregaciones y asociaciones, que en dichas épocas históricas proliferaron por doquier en las iglesias isleñas.

      Estas congregaciones de fieles tuvieron una serie de rasgos comunes, al menos en San Fernando:

      1. Surgieron al calor de advocaciones cristíferas, marianas o de santos tenidas por muy milagrosas, aparecidas con fuerza en esa época. Muchas de ellas eran de origen francés o italiano, y fueron propagadas por diferentes órdenes religiosas caracterizadas también por su novedad o juventud en la historia eclesiástica, por ejemplo, redentoristas, salesianos y claretianos.
      2. Varias de ellas se establecieron en capillas céntricas y recoletas de la ciudad de San Fernando, en las que no había erigidas hermandades y cofradías. Por ejemplo, las iglesias de San Antonio y de la Asunción (Auditor).
      3. Solieron estar agregadas a una congregación originaria o primaria, por lo general establecida en Roma, rigiéndose por sus mismos estatutos. Por este motivo, muchas de ellas usaban el título de Archicofradía.
      4. Fueron preferentemente congregaciones de cultos internos, aunque algunas de ellas también efectuaron procesiones con sus imágenes titulares. Además de la función principal anual, todas realizaban algún tipo de culto o ejercicio mensual ante los titulares, costumbre que luego heredaron las hermandades y cofradías. En realidad, estas asociaciones tuvieron una más vida cultual más intensa y constante que las propias hermandades tradicionales. Algunas de ellas, dividían a sus asociados en grupos denominados "coros", con la finalidad de turnarse y sucederse de forma rotativa en la práctica de algún ejercicio piadoso, para asegurar así la continuidad del culto a los titulares o del objeto devoto de la asociación.
      5. Desarrollaron una actividad piadosa más constante e intensa que las antiguas hermandades y cofradías, pero también más elitista, lejos de la aceptación popular que rodeaba a éstas.
      6. En general, fueron asociaciones minoritarias, aunque algunas, sobre todo en sus inicios, superaron con creces la media numérica de hermanos que solían tener las propias hermandades y cofradías.
      7. Aunque podían inscribirse en ellas tanto hombres como mujeres, el gobierno y la dirección de estas congregaciones fue predominantemente femenino. En algunos casos, lo fue de modo absoluto. De este modo, tales asociaciones fueron vehículo apropiado de la alternativa femenina a la estructura de gobierno exclusivamente masculina de las hermandades y cofradías.
      8. Formaron parte de ellas, como archicofrades, congregantes o socios, miembros de las clases altas isleñas, generalmente de familias vinculadas a la Armada, tradicionalmente católicas y con aceptable formación religiosa: las típicas familias isleñas de apellidos conocidos que entonces se avecindaban en la calle Real y aledaños. Esto fue más patente en las radicadas en la Parroquia de San Francisco, templo perteneciente a la jurisdicción castrense y sólo frecuentada entonces por estas familias.
      9. El gobierno de estas congregaciones correspondió normalmente a un presbítero con título de director y amplias facultades, auxiliado por otros cargos (secretario, tesorero, vocales) cuya designación le competía exclusivamente y que recaían, como decimos, en señoras y señoritas preferentemente. No existían juntas generales o cabildos de hermanos. No fue infrecuente que varios eclesiásticos formaran parte también de las juntas de gobierno de estas asociaciones.
      10. Fueron, en líneas generales, mucho mejor vistas y consentidas que las hermandades y cofradías por la jerarquía eclesiástica, a la que casi nunca además dieron motivo de enojo, perturbación o queja.

      Por lo demás, se comportaron "como si fueran" otras hermandades y cofradías. En efecto, con las salvedades expuestas, se trataba también de asociaciones de fieles que rendían culto a una imagen o advocación del Señor, la Virgen o los santos mediante cultos internos o externos, con estructura de gobierno semejante y con similares fuentes de financiación.

      Las fundaciones se desplegaron en tres "oleadas" sucesivas, de intensidad y número decreciente: el último cuarto del siglo XIX, la década de 1920, y los años de la posguerra. La mayoría de ellas perduró hasta mediados del siglo XX.

      Las archicofradías, congregaciones y asociaciones de esta naturaleza que se fundaron en San Fernando fueron muy numerosas. Una vez expuestos sus rasgos comunes, veamos muy sucintamente los datos fundacionales y algunas particularidades de cada una de ellas, agrupándolas según los templos donde radicaron.

       

      2.2. Iglesia Mayor Parroquial.

      Las principales congregaciones de esta índole que existieron en el primer templo parroquial isleño fueron fundamentalmente las cuatro que expondremos seguidamente, de las cuales algunas aún subsisten. No nos detendremos en ofrecer datos sobre otras asociaciones pías de historia efímera y minoritaria, de naturaleza jurídica distinta, más dedicadas a los ejercicios devotos y a la beneficencia que al culto y procesión, que radicaron en esta iglesia parroquial, como verbigracia la Congregación de Hijas de Nazaret (1877), la Congregación de las Marías de los Sagrarios y Calvarios, la Asociación de Auxiliadoras de Enfermos Graves y Pobres (1901), la Asociación de la Visita Domiciliaria de la Sagrada Familia (1911), o las Conferencias o Sociedades de Caballeros y Señoras de San Vicente de Paul.

      1. Congregación o Asociación del Sagrado Corazón de Jesús. Fue establecida en 1875, teniendo una seción masculina y otra femenina separadas. Su finalidad era el fomento y culto de esta devoción a través de diversos ejercicios de piedad, por lo que puede considerarse heredera directa de la congregación fundada en 1753 y reorganizada en 1842. Su objeto piadoso fue pronto asumido simultáneamente por otras asociaciones sacrocordíferas más pujantes, como el Apostolado de la Oración, con la que esta corporación que nos ocupa acabó probablemente asimilándose y desapareciendo como tal.
      2. Asociación Josefina. Su finalidad fue la mayor veneración y culto al patriarca san José, patrón de la ciudad de San Fernando. Fundada y aprobada en 1885 a iniciativa del párroco don Pedro Vigo y bajo la influencia de la creciente devoción a san José derivada, entre otras cosas, de su nombramiento como Patrón de la Iglesia Universal en 1870 por Pío IX. Heredera de hecho de la Esclavitud de San José que había sido fundada en 1789, existió con mayores o menores altibajos durante más de un siglo, encargándose de dar culto anual al Santo Patrón, colaborando en la organización de los cultos "oficiales" de la festividad de marzo y de la solemne función del Voto, y organizando también su salida procesional en el cortejo del Corpus Christi hasta mediados del siglo XX.

        La asociación, habiendo sido revitalizada en 2000, acabó siendo asimilada por dicha antigua hermandad dieciochesca tras su reorganización en 2003.
      3. Apostolado de la Oración y Congregación del Sagrado Corazón de Jesús. Es una de las asociaciones de fieles aún activa que, no obstante, incluiremos en este capítulo.

        El Apostolado de la Oración, asociación de origen francés y jesuítico, se estableció en San Fernando en 1886 (según otras fuentes, 1884). En cierto modo, tomó el testigo de la antigua Congregación del Divino Amor al Corazón de Jesús fundada en 1753 y reorganizada en 1842; por consiguiente, podría ser considerada mutatis mutandis como su heredera moral.

        Su objeto principal era el fomento d ela devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el desagraviar al Santísimo de las ofensas recibidas, por medio de la oración contínua. La asociación estuvo encargada de tributar solemnes cultos anuales al Corazón de Jesús en su festividad del viernes de la infraoctava de Corpus Christi. Durante el primer tercio del siglo XX, sacaba en procesión, además, una imagen del Corazón de Jesús en el día de su festividad.

        El Apostolado también se implicó con la parroquia diocesana en la reforma y mejora de la capilla del Sagrario, lo que condujo a la consagración del actual altar neogótico en 1917 por el obispo Mons. Rancés, altar que fue presidido por una imagen del Corazón de Jesús procedente de unos talleres madrileños.

        Como es bien conocido, la festividad del Sagrado Corazón de Jesús adquirió durante la posguerra máximo relieve y un carácter institucional y pseudopatronal, celebrándose cada año con una solemne novena y función el 29 de junio, y una procesión ese mismo día por la tarde con asistencia de las autoridades civiles y militares isleñas. Al tratarse del titular de su asociación, el Apostolado de la Oración colaboró en la organización de estos cultos y procesiones solemnes, los cuales duraron unos veinte años, hasta que dejaron de efectuarse en los años 1960. La imagen que salía en procesión, que no era la que preside el Sagrario, fue bendecida en 1945 y hoy está desaparecida o en paradero desconocido.

        El Apostolado de la Oración, ya más que centenario, ha continuado hasta hoy día con sus cultos internos y actividades estatutarias. Es el heredero de una acendrada devoción con una presencia tan antigua en la localidad que se remonta a las postrimerías de la iglesia parroquial del Castillo de los Ponce de León.
      4. Asociación del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola. Otra de las varias asociaciones de fieles fundadas como respuesta a la sobresaliente y dominante devoción al Corazón de Jesús, en este caso haciendo hincapié en sus fundamentos y vínculos jesuíticos, y procurando "mejorar el estado moral y social de los obreros de ambos sexos, instruyéndolos en sus deberes para con Dios, para con la familia, para con la sociedad y para con los poderes constituidos". La asociación fue aprobada en 1898. En razón de tener el mismo titular y objeto piadoso, pronto comenzó a celebrar cultos conjuntamente con el Apostolado de la Oración, por quien acabaría siendo asimilada y absorbida.
      5. Adoración Nocturna. La Sección Adoradora Nocturna fue fundada en la Iglesia Mayor Parroquial en 1899, rigiéndose por el reglamento, común a estas asociaciones, del Consejo General de la Adoración Nocturna Española, con sede en Madrid, agregada canónicamente a la Venerable Archicofradía de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, de Roma. La Adoración Nocturna Española había sido creada en la iglesia de San Antonio del Prado de Madrid en 1877, por un grupo de caballeros a cuyo frente se encontraba Luis Trelles. Pero el movimiento había sido fundado en París en 1848 por Hermann Cohen, judeoconverso, extendiéndose pronto por todo el mundo católico.

        Su principal objeto es contemplativo: hacer turnos de vela y oración ante el Santísimo Sacramento durante las horas de la noche; además, tiene como obligaciones la promoción del culto eucarístico, el compromiso de vida cristiana y el apostolado. En cierto modo, fue una continuadora del espíritu de la Congregación de Luz, Vela y Mayor Culto.

        Durante la mayor parte del siglo XX, fue la más importante de las asociaciones eucarísticas isleñas de origen moderno, no barroco o dieciochesco. La Adoración Nocturna sanfernandina colaboró habitualmente con la parroquia diocesana en la organización de los cultos eucarísticos que competían antaño a la Esclavitud del Santísimo Sacramento, como la procesión pascual de enfermos e impedidos y la procesión de la octava de Corpus.

        Esta centenaria asociación isleña subsiste en la actualidad.
      6. Congregación de la Inmaculada Concepción y san Luis Gonzaga. Conocida vulgarmente como "Los Luises", fue una asociación de corte mariano y juvenil y de inspiración jesuítica. Fue fundada y erigida en 1910. La patrona principal d ela asociación era la Inmaculada Concepción y el patrón secundario era san Luis Gonzaga (1568-1591), novicio jesuita italiano fallecido a los 23 años, canonizado en 1726, propuesto como modelo de vida para los jóvenes; laa Congregación llegó a tener también sección infantil cuyo patrón era san Estanislao de Kotschka, también santo jesuita.

      Los "Luises" debían celebrar cultos especiales en las festividades de sus patronos (8 de diciembre y 21 de junio), así como ejercicios los primeros domingos de cada mes. También se comprometían a hacer vela ante el Santísimo Sacramento y asistir a sus procesiones. La imagen de la Inmaculada Concepción a la que rendian culto no era la muy antigua y meritoria que actualmente se venera en uno de los altares de la nave del evangelio, sino otra de mayor tamaño cuyo paradero se desconoce; la imagen de san Luis Gonzaga, de tamaño pequeño, "se encontraba en una pequeña capilla situada en una de las columnas de la nave central"y hoy día puede verse en la sacristía.

      La vida de esta congregación duró unos cuarenta años: hasta fines de los años 1940 constatamos noticias de sus celebraciones cultuales. Este tipo de asociación proliferó en iglesias regidas por la Compañía de Jesús o, al menos, tuvo una fuerte inspiración jesuita. De las congregaciones homónimas de Jerez y Cádiz, inspiradas y fundadas por los PP. Jesuitas, emanaron durante la posguerra sendas hermandades de penitencia marianas y austeras : 1) la de Nuestra Señora del Amor y Sacrificio, fundada al término de la guerra civil; y 2) la sección de penitencia Ecce Mater Tua, creada en 1953 en la gaditana iglesia de Santiago.

       

      2.3. Parroquia Castrense de San Francisco.

      La Parroquia de San Francisco reflejó como pocas en la ciudad la piedad católica típica de la época de la Restauración Borbónica. Las fundaciones se desplegaron sobre todo a lo largo del reinado de Alfonso XIII: en los años de 1920, por ejemplo, la iglesia llegó a contar con seis de estas asociaciones, más un par de asociaciones sacramentales como los Jueves Eucarísticos y la Hora Santa. Estas asociaciones tuvieron la particularidad de que fueron aprobadas por el Patriarca de las Indias y Vicario General Castrense, por lo que todas ellas, al menos las anteriores a los años 1930, dependían de la jurisdicción eclesiástica castrense, no de la diocesana. Esta circunstancia favoreció que estuvieran integradas mayormente por miembros de familias isleñas con arraigada tradición naval. Todas decayeron tras la posguerra y ninguna de ellas existe actualmente. Según nuestras informaciones, hay feligreses que intentan hacer renacer la devoción a María Auxiliadora en esa parroquia.

      1. Real Archicofradía de la Corte de María. La Archicofradía del Culto Continuo a la Santísima Virgen, o sea Corte de María, se fundó en todo el orbe católico en 1839. Los papas Gregorio XVI y Pío IX le concedieron numerosas indulgencias; el segundo, además, la elevó en 1847 a la categoría jurídica de archicofradía. En España, la archicofradía matriz se fundó y residió en la Parroquia de San Ginés, de Madrid. También hubo una archicofradía en la iglesia de Santiago, de Cádiz.

        La Archicofradía de la Corte de María de la ciudad de San Fernando fue fundada en la Parroquia Castrense en 1892. Parece ser que solicitó la agregación a la corporación matriz madrileña. Años después, le fue concedido el título de Real. La asociación isleña tomó por titular y patrona a la imagen de la Virgen de los Remedios, conocida también en el seno de la Archicofradía con la advocación del Amor Hermoso. Esta imagen había sido la antigua titular del hospicio franciscano hasta 1835 y luego lo fue de la parroquia castrense desde 1839 hasta la segunda mitad de ese siglo.

        La Corte de María fue una asociación eminentemente mariana y femenina. Los archicofrades, como cortesanos de María, se comprometían a dar culto continuo a la Santísima Virgen mediante la práctica de ejercicios piadosos y la visita diaria a alguna imagen mariana de la ciudad. Era, por así decirlo y valga la comparación, el equivalente mariano de las congregaciones eucarísticas de vela continua ante el Santísimo Sacramento.Los cultos reglamentarios consistían en ejercicios devotos mensuales los cuartos domingos de cada mes, cultos marianos durante todo el mes de mayo y una función principal el 31 de mayo en honor y obsequio de su patrona la Virgen de los Remedios, Madre del Amor Hermoso. Como peculiaridad característica, la asociación se dividía en "coros" para hacer los ejercicios piadosos de su instituto. Cada coro lo integraban 31 archicofrades.

        La Real Archicofradía de la Corte de María fue de las primeras congregaciones decimonónicas de San Fernando en cesar su actividad. Desde la segunda mitad de los años veinte, no hemos hallado más noticias sobre ella. Tal vez fue reanimada al socaire del ambiente de exaltado catolicismo de la posguerra, pero, en todo caso, su existencia duró poco tiempo más.

        La imagen de la patrona de la Archicofradía, la Virgen de los Remedios, permaneció en el templo castrense hasta que fue retirada del culto en la reforma que sufrió la iglesia en 1966. Fue recuperada en la década de 1990 por la Cofradía de la Virgen de la Caridad, que le dio culto hasta que adquirieron una propia. Entonces, la originaria fue devuelta a la parroquia y retirada definitivamente del culto, dado su estado de deterioro.
      2. Congregación de Santa Cecilia Mártir. La Hermandad de Santa Cecilia desarrolló su actividad en los primeros años del siglo XX y tuvo una vida muy breve. Se estableció en San Francisco en 1902 y ese mismo año fueron aprobadas sus constituciones. El objeto era dar culto a su titular, santa Cecilia, virgen y mártir romana del siglo III, considerada tradicionalmente patrona de la música, patronazgo que le ha asegurado una gran popularidad. Tuvo un carácter cuasi gremial (de los músicos isleños, o de un grupo de ellos) y cuasi cerrada (aunque admitía toda clase de hermanos, privilegiaba a los fundadores, al personal músico de la parroquia, y a los hermanos músicos que actuaban en la función y novena).

        Esta asociación religioso-musical distinguía cinco clases de hermanos: fundadores, protectores, activos (los músicos que actuaban en los cultos), numerarios y de honor (todo músico que, sin ser hermano, se brinde a tomar parte en los cultos por amor a la patrona de la música). El distintivo de los hermanos era una pequeña lira en cuyo centro figuraba una imagen de la santa, llevado al cuello pendiente de un cordón tricolor (oro, blanco y rojo). Los cultos estatutarios que debía celebrar la Hermandad eran: función en la festividad de la santa (22 de noviembre) seguida de novena, un quinario en noviembre en memoria de las almas de los hermanos difuntos, y una misa mensual, cada día 22, en el altar de la imagen titular.

        La imagen de santa Cecilia quizá fue adquirida por entonces para los cultos de esta asociación. Representa a la santa mártir con sus atributos carácterísticos (corona de flores o palma de martirio y un instrumento musical). Al cesar la actividad de la hermandad, la efigie continuó recibiendo la veneración de los fieles en el templo, pero, como tantas otras, fue retirada del culto en 1966. En los últimos años ha sido puesta de nuevo a la veneración pública.

        Por lo demás, debemos añadir que, como patrona de la música, santa Cecilia ha recibido cultos y honras por las numerosas asociaciones musicales que se han ido sucediendo en la historia sanfernandina, sobre todo a lo largo de la centuria vigésima. Hoy día, el testigo lo ha tomado la Hermandad de Jesús Nazareno a través de su acreditada Academia de Música.
      3. Asociación de la Medalla Milagrosa. Esta devoción de origen francés surgió de la visión sobrenatural experimentada en París en 1830 por sor Catalina Labouré, una novicia de la Congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul. La congregación religiosa tomó esta devoción como propia, propagándola y generalizándose entre los fieles el uso de una medalla ovalada mostrando la imagen de la Virgen tal como la vio la joven sor Catalina, medalla que pronto cobró fama de milagrosa. La devoción a la Virgen de la Medalla Milagrosa se extendió por todo el mundo católico desde la segunda mitad del XIX.

        La Asociación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa fue creada en la Parroquia de San Francisco de la ciudad de San Fernando en diciembre de 1920. El culto principal de la asociación isleña era un triduo dedicado a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa con función solemne en su festividad (27 de noviembre). La popular devoción arraigó tanto en la ciudad, que la Parroquia Castrense en unión de la Asociación organizó para la festividad de 1924 una primera salida procesional de la imagen por las calles del centro urbano. La procesión de la Milagrosa el domingo más cercano a su festividad, por las calles aledañas a la Parroquia Castrense, se hizo costumbre entre los años 1925-1930 y durante la posguerra.

        La asociación adquirió en 1923 una imagen de la Milagrosa para sus cultos, colocándola en altar propio en el templo castrense. La imagen muestra a la Virgen vistiendo larga túnica, con los brazos flexionados a la altura de la cintura y extendidos, abierta las palmas de las manos dirigidas hacia delante y brotando de ellas dos chorros de luz, como derramando gracias y favores.

        Ha sido de las asociaciones femeninas de la época Restauración más duraderas, pues su actividad continua en la actualidad.
      4. Cofradía del Cristo de la Agonía de Limpias. El milagroso Cristo de la Agonía venerado en la parroquia de San Pedro de Limpias (Cantabria) procede de Cádiz. En efecto, don Diego de la Piedra Secadura, caballero del Orden de Santiago, natural de Limpias y vecino de Cádiz, fue un fervoroso benefactor de la parroquia de su villa natal. En su testamento otorgado en Cádiz en 1778, declaró que había costeado de su peculio el retablo mayor de la iglesia parroquial, colocando en él las imágenes de un Cristo agonizando en la cruz, una Dolorosa y un san Juan que envió desde Cádiz. La devota imagen del Santo Cristo ha sido atribuida tradicionalmente, sin demasiado fundamento, a la escuela sevillana y, más recientemente, al escultor gaditano de origen genovés Juan Gandulfo, debido a sus innegable similitudes estilísticas con el grupo de las Siete Palabras de la Santa Cueva de Cádiz, obra de este autor.

        Un siglo y medio permaneció el Santo Cristo de la Agonía en la localidad santanderina sin que su devoción trascendiera de modo especial y multitudinario. Pero la imagen obró unos milagrosos prodigios a partir de 1919, que despertaron en todas partes sentimientos de intensa devoción hacia esa sagrada efigie de origen gaditano venerada en Limpias. Su imagen fue muy reproducida y difundidísima.

        Movido por estos sentimientos de piedad, el Párroco del Departamento Marítimo colocó una imagen pictórica del Cristo a la veneración pública en la Parroquia de San Francisco en 1920. El considerable número de fieles isleños que comenzó a dirigirle sus oraciones, hizo que el citado párroco pensara en la conveniencia de fundar una cofradía. En efecto, la Cofradía del Santo Cristo de la Agonía se fundó, con este título, en la Parroquia de San Francisco en 1920, siendo erigida canónicamente y aprobados sus estatutos al año siguiente por el Pro Vicario General Castrense. La vida de la nueva congregación duró apenas treinta años: los documentos de la cofradía que se conservan y hemos consultado concluyen en 1948, por lo que esa podría ser la fecha de cesación de la actividad; a mayor abundamiento, otras fuentes también dejaron de mencionarla por entonces.

        Las inscripciones de hermanos durante los primeros años de existencia de la entusiasta Cofradía fueron abundantísimas, Usaban como distintivo una medalla en cuyo anverso figuraba la imagen del Santo Cristo y en el reverso la de Nuestra Señora de los Dolores, pendiente la medalla de una cinta morada y blanca. Se organizaron en ocho coros (aumentados luego a nueve) de treinta, presididos cada uno por una señorita. Los cofrades de la Agonía debían ejercitarse en obras de misericordia, particularmente visitando enfermos y orando por ellos, por los agonizantes y difuntos; comprometiéndose a pedir y recibir los auxilios espirituales en sus enfermedades.

        La Cofradía tuvo por titular al Santo Cristo de la Agonía y por cotitulares (o copatronos, como los llaman los estatutos) a Nuestra Señora de los Dolores al pie de la cruz y al patriarca San José, abogado de la buena muerte. La función principal se celebraba el 30 de marzo, festividad del Santo Cristo. La Cofradía organizaba también cultos el día treinta de cada mes, consistentes en una misa matutina en el altar del titular y ejecicios piadosos vespertinos. Igualmente se ocupó de dedicar un septenario a su copatrona, Nuestra Señora de los Dolores, sobre todo en los años cuarenta, ya a finales de la vida de la asociación. No sabemos si tributó cultos especiales al cotitular san José, salvo las oraciones y ejercicios piadosos prescritos en los estatutos.

        El patrimonio de la Cofradía tuvo cierto interés y valor. La imagen titular del Santo Cristo de la Agonía, como decimos, era una pintura del artista isleño Ángel Cousillas Barandiarán inspirada en la talla original venerada en Limpias (Santander), pintura que fue realizada en 1920 para la Parroquia Castrense; la Cofradía la adquirió a la fábrica parroquial en 1921, a iniciativa del propio párroco, para evitar motivos de perturbación en el futuro. La imagen de Nuestra Señora de los Dolores fue adquirida en 1921, siendo obra del escultor Sr. Espelta, de Barcelona. La de San José suponemos que era la venerada en altar propio en el templo castrense desde antiguo. El altar del Santo Cristo, inaugurado solemnemente ese repetido año, contó con enseres y objetos de culto donados por varias devotas, sí como con una candelería plateada, estilo gótico, que la Cofradía compró a una casa de Valencia. También encargó en 1923 la confección de un estandarte, con los colores morado y blanco corporativos, para que presidiera y realzara los cultos.
      5. Archicofradía de María Auxiliadora. Esta advocación alude a la ayuda mediadora, a la protección y al socorro que la Virgen María dispensa a los cristianos. El papa Pío V (1566-1572) introdujo en la letanía lauretana el versículo Auxilio christianorum. Pío VII (1800-1823) fijó su fiesta el 24 de mayo. Pero fue san Juan Bosco, fundador de los salesianos, quien dio el respaldo definitivo a esta advocación mariana, haciéndola patrona del Instituto Salesiano, propagando su devoción desde su sede central en Turín y difundiéndola intensamente desde los numerosos centros educativos inaugurados y regidos por esta Congregación.

        Los salesianos se extendieron pronto por Andalucía: llegaron a Sevilla en 1892, estableciéndose en el antiguo Convento de la Trinidad y creándose en seguida la Asociación de María Auxiliadora, que más tarde se convirtió en Archicofradía, y cuya imagen titular fue coronada canónicamente en 1954 por el cardenal Segura. En Cádiz se instalaron en los primeros años del siglo XX y contaron con el patrocinio de la rica y piadosa señora Ana de Viya, que financió en 1904 la construcción de un colegio de la congregación en el barrio de San José, extramuros de Cádiz.

        La Asociación de los Devotos de María Auxiliadora, con sede en la Parroquia Castrense de San Francisco, de San Fernando, fue aprobada en 1922 por don Jaime Cardona Tur, Patriarca de las Indias y Vicario General Castrense. El reglamento aprobado era una traducción literal del común original italiano. La Asociación isleña fue agregada a la Archicofradía Primaria, con sede en el Santuario Basílica de María Auxiliadora de Turín, según letras del Rector Mayor de los Salesianos, Don Felipe Rinaldi, dadas en Turín el 30 de octubre del mismo año.

        El reglamento contenía un auténtico programa de vida devota. El único culto específico era una función en la solemnidad de María Auxiliadora (24 de mayo), obligación cultual que no dejó de celebrar todos los años desde su fundación. Ocasionalmente, la Asociación dispuso una procesión de alabanza con la imagen titular, como la que sabemos tuvo lugar en 1928 por las calles del centro de la ciudad.

        La devoción y el culto a María Auxiliadora se ha revitalizado en San Fernando en los últimos años. Desde finales de los años noventa, existen en la ciudad una Asociación de Antiguos Alumnos Salesianos, establecida en la Parroquia de San Francisco y con sede social en la Alameda Moreno de Guerra, así como una Asociación Parroquial de Damas de María Auxiliadora, con sede canónica en la Parroquia de San Marcos.
      6. Asociación de la Corte de San José La Asociación Josefina establecida en la Iglesia Mayor Parroquial no fue la única corporación de fieles isleños que dio culto a san José, al menos durante el reinado de Alfonso XIII. Una Asociación de la Corte de San José fue establecida formalmente en la Parroquia Castrense de San Francisco en el año 1926, aunque ya venía actuando de hecho desde dos o tres años antes. Pero no parece que sobreviviera mucho más allá de la posguerra. Ambas asociaciones no tuvieron en común más que el santo titular.

        La imagen titular debió de ser seguramente la que se veneraba en el templo castrense en altar propio desde la época del Hospicio de San Francisco. La Corte de San José fue una asociación estrictamente de cultos internos. Su finalidad era honrar de un modo especial al Glorioso Patriarca, estableciendo el "culto perpetuo". Consistía en que cada asociado visitara un día al mes, por lo menos, la imagen del santo venerada en la Parroquia Castrense, rezando diversas devociones josefinas. Los asociados se dividían en coros de señoras y caballeros, compuesto cada coro de 31 individuos. Los cultos estatutarios eran los siguientes: todos los primeros miércoles y día 19 de cada mes, una misa rezada en el altar del santo y a continuación los ejercicios propios de la visita; todos los años: el devoto ejercicio de los siete domingos de san José; funciones solemnes en la fiesta de san José (19 de marzo) y en la de su Patrocinio.

        Parece ser que no existía más cargo que el de una camarera, la cual, además de estar encargada del aseo y adorno del altar e imagen del santo y de guardar los efectos procedentes de donaciones, llevaba también las inscripciones y la lista de los asociados. Probablemente, se nutría de socios procedentes en su mayoría de las familias isleñas vinculadas profesionalmente a la Marina de Guerra, como otras establecidas en la Parroquia Castrense.

      Como ya hemos indicado, la Cofradía del Cristo de la Agonía, establecida en la misma iglesia en 1921, también tuvo como patrón secundario a san José en tanto que patrono de la buena muerte, según el artículo 71 de sus estatutos.

       

      2.4. Iglesia Conventual del Carmen.

      La historia de las asociaciones de fieles de la iglesia conventual del Carmen ha estado presidida durante tres siglos por la Hermandad de la Virgen del Carmen. Desde 1830, se le unió la Cofradía del Santo Entierro, procedente de la Capilla de la Salud donde se había fundado. Y nada más durante muchos años. Puede observarse, por lo tanto, que todas las asociaciones de fieles establecidas en la iglesia del Carmen fueron tardías, surgidas al calor del retorno de los frailes (1922) y, sobre todo, al ardor del catolicismo nacional de la posguerra.

      1. Pía Unión de Santa Teresita del Niño Jesús. A finales del año 1940, el prior fray Calixto de San Luis Gonzaga, deseando promover el culto a santa Teresita de Lisieux (1873-1897), religiosa carmelita descalza francesa que había sido beatificada, canonizada y nombrada patrona de las misiones católicas en 1925 por el papa Pío XI, solicitó del obispado una autorización provisional para el funcionamiento de una Junta Organizadora de Cultos. Cinco años después, a solicitud del padre superior, fray Leonardo de San José, el obispo don Tomás Gutiérrez aprobó sus estatutos y la erigió canónicamente como Pía Unión de Santa Teresita del Niño Jesús. En febrero de 1948 fue solicitada su agregación a la Pía Unión de Roma, con sede en la iglesia romana de Santa Teresa de los carmelitas descalzos.

        Sus fines eran los mismos que la Pía Unión Primaria de Roma: fomentar la vida cristiana, las vocaciones religiosas y el apostolado a través de la devoción a la santa carmelita. La congregación tenía obligación de celebrar fiesta anual a santa Teresita (3 de octubre) y cultos mensuales. La primera junta era exclusivamente femenina y estaba compuesta por señoras y señoritas de lo más selecto de la alta sociedad isleña, como era usual en todas estas congregaciones, según venimos exponiendo. Una buena proporción de las componentes de la junta estaba emparentada por lazos familiares. Las asociadas pagaban una cuota mensual de 10 céntimos y se dividían, a efectos de cultos y rezos, en coros de doce socias, cada uno dirigido por una celadora.

        Debió de ser por entonces (década de 1940, todo lo más de 1930) cuando la imagen de santa Teresita del Niño Jesús fue colocada el segundo altar de la nave de la epístola, que hasta entonces, y al parecer desde la exclaustración, había sido ocupado por la imagen de San Juan de la Cruz, pero el altar era originariamente el de San José, para cuya valiosa y devota imagen se construyó a mediados del siglo XVIII.

        El culto a la santa de Lisieux, tan propagado durante la posguerra, no se limitó a la iglesia del Carmen. Una imagen suya fue cedida a la Iglesia Mayor Parroquial en los años 1940 por la familia Garrido, que le profesaba gran devoción y que costeaba suntuosos cultos en su festividad durante la posguerra con anuencia dela parroquia. La imagen fue situada sobre una repisa en uno de los pilares de la nave del evangelio y nunca tuvo hermandad. Fue retirada del culto durante las reformas del templo de los años cincuenta y sesenta; suponemos que retornó a manos de la familia propietaria.
      2. Archicofradía del Niño Jesús de Praga. La devoción al Niño Jesús de Praga se remonta a la época de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). El emperador Fernando II (1619-1637) se preocupó de consolidar y fomentar el catolicismo en la capital de Bohemia, cuya población, oficialmente católica por la fuerza de las armas, era mayoritariamente protestante de corazón. En este sentido, los carmelitas descalzos fundaron en Praga en 1624 el Convento de Nuestra Señora de la Victoria. Cuatro años después fue donada al mismo la imagen del Niño Jesús que, según algunas tradiciones, era una efigie de origen español.

        Los carmelitas praguenses impulsaron y propagaron esta devoción como una forma más de contrarrestar los avances del protestantismo. Pronto, la imagen del Niño Jesús de Praga obró milagrosos prodigios y fue objeto de fervorosas donaciones. Réplicas más o menos similares de la imagen se entronizaron en casi todas las iglesias que la Orden del Carmelo tenía repartidas por el orbe católico. Además, los carmelitas consiguieron en 1913 el privilegio pontificio de ser los únicos en poder erigir cofradías del Milagroso Niño Jesús de Praga, aprobándose unos estatutos comunes a todas ellas.

        En San Fernando, faltando los PP. Carmelitas Descalzos de su convento desde la exclaustración de 1835, se fundó una Congregación del Niño Jesús de Praga en la capilla de la Asunción (Auditor) en 1900, como veremos. Esta asociación satisfizo y cubrió la devoción de los isleños durante cuatro décadas, hasta la fundación de otra semejante en el Convento del Carmen. Hubo también imágenes del Niño de Praga, por cierto, en la Iglesia Mayor Parroquial, obra tallada en 1901 por Vicente Tena, y en la iglesia del Santo Cristo de la Vera Cruz, de autor desconocido.

        Siendo una devoción de tan acendrada raigambre carmelita, la Archicofradía del Niño Jesús de Praga fue finalmente establecida en la iglesia conventual del Carmen en 1946. Ignoramos si se trataba de una asociación que absorbió a la erigida medio siglo antes en la capilla del Auditor, o de una creada ex novo en esta otra sede canónica pero con el mismo titular. Durante los años siguientes, la Archicofradía organizó anualmente solemnes cultos en la festividad del Dulce Nombre de Jesús (segundo domingo después de Epifanía), cultos particulares al Divino Infante, y desplegó asimismo una meritoria labor caritativa entre los críos más desfavorecidos de la feligresía.

        Los religiosos del convento isleño asignaron a esta Archicofradía la primera capilla de la nave de la epístola, que había estado dedicada a san Francisco de Asís durante dos siglos desde 1733. La joven corporación reformó en 1950-51 el retablo de esta capilla para así poder albergar su imagen titular. Tras venerar una provisional, la imagen titular fue encargada al reputado escultor sevillano Sebastián Santos Rojas, quien poco tiempo antes había restaurado la sagrada efigie de la Virgen del Carmen, patrona de la ciudad, con motivo de su coronación canónica. Santos Rojas realizó en 1953 la bella efigie lignaria del Niño Jesús de Praga que continúa venerándose en la misma capilla de la iglesia conventual, plasmando en ella la iconografía que nos lo muestra como emperador, vistiendo túnica y manto, tocado con corona imperial, con una manita en actitud de bendecir y la otra portando el orbe terráqueo (vulgo, bola del mundo). La Archicofradía del Niño de Praga mandó confeccionar también una bandera corporativa que fue bordada en 1950 por las carmelitas descalzas de Sanlúcar la Mayor (Sevilla).

        Ignoramos más datos acerca de esta pía asociación establecida en el Carmen. La última noticia que tenemos data de 1968, pero no sabemos cuándo cesó su actividad y desapareció. No obstante, actualmente hay recientes y prometedores intentos de hacer renacer esta devoción entre los isleños, de recuperarla dirigiéndola hacia los pequeños. En efecto, la imagen del Niño de Praga salió en procesión por las calles de la feligresía en 2004, creemos que por primera vez en su historia, acompañado de niños y niñas primocomulgantes, de niños pertenecientes al Colegio "Liceo Sagrado Corazón" y a las hermandades radicadas en la Parroquia del Carmen, todo ello a iniciativa del entusiasta religioso fray Ángel-Norberto Palomino. Esta candorosa procesión se ha repetido en los años siguientes.
      3. Venerable Orden Tercera de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa de Jesús. La Orden Tercera de Nuestra Señora del Carmen fue erigida canónicamente en el templo conventual en 1946, en un mismo acto jurídico junto con la Archicofradía del Niño de Praga. Los terciarios y terciarias carmelitas continúan hoy día felizmente activos, cumpliendo los piadosos ejercicios de su instituto y estrechamente vinculados a la tricentenaria Hermandad de la Virgen del Carmen.
      4. Congregación de San Juan de la Cruz (1954). Se trató de una asociación integrada por alumnos y ex alumnos del Liceo del "Sagrado Corazón", al modo de otras asociaciones estudiantiles establecidas en colegios religiosos de la ciudad. Fue erigida en 1954 bajo el título de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo y San Juan de la Cruz. La nueva congregación se rigió por las normas comunes a este tipo de establecimientos y por las de la Prima Primaria sita en el Colegio Romano de los PP. Carmelitas. Se autorizó asimismo la agregación a esa congregación matriz. Durante los años 1960 dejó de tener existencia activa.


      2.5. Iglesia del Santo Cristo de la Vera-Cruz.

      Desde finales del siglo XVIII, la capilla del Santo Cristo fue sede de la Cofradía de la Vera Cruz (1784), de la Hermandad de la Virgen de las Mercedes (1794), y , muy fugazmente, de una Santa Escuela de Cristo para señoras. Durante la mayor parte del siglo XIX no hubo en ella asociación de fieles alguna, a tenor de nuestros datos, pues la cofradía estuvo inactiva y la hermandad mariana se trasladó al primer templo parroquial. La capilla fue elevada a la categoría de iglesia auxiliar en 1881.

      1. Asociación del Rosario Perpetuo. Esta asociación se fundó en 1884, unos años después de que la capilla fuera elevada al rango de iglesia coadjutora, y casi una década antes de que se reorganizara la Cofradía de la Vera Cruz. Según otras fuentes, fue aprobada por la autoridad episcopal en 1895. Su fin y objeto era honrar a la Virgen María rezando todas las horas del día y de la noche el santo rosario. La Asociación no tenía más propiedad, según declaró en 1919, que una imagen de la Virgen del Rosario, suponemos que pequeña, de vestir, la cual presidía una procesión claustral todos los primeros domingos de cada mes. A principios del siglo XX, la Asociación del Rosario Perpetuo se trasladó a la Iglesia Mayor Parroquial, pues ya consta que en 1919 tenía su sede canónica en este templo. En algún momento determinado, se confundió o asimiló con la antigua Hermandad de Nuestra Señora del Rosario.
      2. Hermandad de Santa Lucía. Santa Lucía, virgen siciliana martirizada en Siracusa a principios del siglo IV, durante la persecución del emperador Diocleciano, y patrona de los invidentes, tuvo una importante hermandad en Cádiz durante los siglos XVII-XVIII que radicaba en el Convento de la Candelaria de religiosas agustinas. Al demolerse este monasterio femenino a mediados del XIX, la imagen de la santa pasó a venerarse a la iglesia de San Agustín.

      La santa se veneró también en los templos de San Fernando desde la segunda mitad del XIX. Una imagen de talla de ella, de autor anónimo, ya existía en la capilla del Santo Cristo de la Vera Cruz desde finales del siglo XIX. La imagen era de talla completa y de autor anónimo. En 1879 se veneraba en un camarín situado a los pies de la iglesia. Veinte años después había sido cambiada de ubicación, encontrándose en una repisa situada sobre la puerta izquierda del presbiterio que comunicaba con la sacristía. Ahí permaneció en los años posteriores.

      Finalizada la Guerra Civil, se le formó una hermandad o congregación que, al parecer, fue aprobada a fines del año 1939. No fue una fundación aislada o arbitraria, sino que se enmarcó en el neogremialismo profesional fomentado por el régimen político del 18 de julio. Tampoco careció de antecedentes asociativos: en Sevilla, por ejemplo, habíase fundado una Hermandad de Santa Lucía en 1930, en la parroquia de Santa Catalina, con la meritoria imagen que fue titular de la vecina parroquia de Santa Lucía que había sido demolida en la segunda mitad del XIX.

      La Hermandad de Santa Lucía estuvo operativa durante los años 1940. Celebraba una función anual en honor de su titular con motivo de su festividad litúrgica (diciembre), a la que invitaba a otras hermandades y cofradías isleñas, particularmente sus vecinas de la Vera Cruz y de Jesús de los Afligidos. A partir de 1950 vino el decaimiento y la extinción de hecho. Tal vez desembocó en alguna asociación civil de invidentes. La imagen titular, por cierto, también desapareció de la capilla del Santo Cristo y hoy día se ignora su paradero.

       

      2.6. Iglesia de la Divina Pastora.

      Durante un siglo y medio, la capilla de la Divina Pastora no albergó más asociación de fieles que la hermandad de la titular. La Cofradía del Señor de la Columna quiso trasladarse a ella en 1897, a los cuatro años de haber sido fundada, pero este deseo no se materializó. Hasta 1943 no se fundó otra corporación religiosa en esta iglesia: la Cofradía de la Oración en el Huerto. La erección de la Parroquia de la Divina Pastora en 1944 y la toma de posesión de su primer párroco diez años después fueron finalmente los acicates que estimularon y favorecieron nuevas fundaciones: dos cofradías de penitencia más (Ecce Homo y Jesús de la Misericordia) y las dos asociaciones siguientes.

      1. Asociación de los Jueves Eucarísticos. Una asociación de culto sacramental que fue erigida en 1955 y que, a juzgar por los nimios datos que hemos recabado, tuvo una vida no muy prolongada.
      2. Hermandad Profesional de los Santos Cosme y Damián. La legislación socio-laboral de la posguerra fomentó las asociaciones profesionales bajo el patronazgo de una advocación religiosa, al estilo de los antiguos gremios. En la década de 1950, se gestó en San Fernando la fundación de una hermandad bajo la advocación de los santos Cosme y Damián a iniciativa de médicos, odontólogos, farmacéuticos y practicantes vecinos de la ciudad. La llegada a la parroquia de la Divina Pastora de su primer titular, don José Arenas, también favoreció indudablemente su constitución. En cualquier caso, la Hermandad Profesional de San Cosme y San Damián fue erigida en la nueva Parroquia de la Pastora en 1955 por decreto del obispo don Tomás Gutiérrez, aprobándose en dicho decreto sus estatutos.

      Sus objetivos fundamentales eran: 1) honrar y rendir culto a sus santos patronos Cosme y Damián, 2) procurar el mejoramiento moral y cultural de los hermanos, 3) fomentar el espíritu religioso y de fraternidad cristiana entre los hermanos y entre las clases de médicos y farmacéuticos de la ciudad, y 4) realizar ejercicios de caridad cristiana y beneficencia con los necesitados, especialmente con los enfermos llamados vergonzantes.

      Para ingresar en la hermandad era necesario ser licenciado o doctor en Medicina o Farmacia, aparte de los requisitos comunes exigidos por el derecho canónico para todas las hermandades. La hermandad se regía por una junta de gobierno compuesta de hermano mayor, consiliario eclesiástico (similar a director espiritual), cuatro consiliarios seglares, secretario, tesorero y mayordomo de altar, con las competencias habituales en estos cargos.

      La finalidad de culto se concretaba en una misa anual en honor de los santos titulares en su festividad del 27 de septiembre o en el domingo más próximo a esa fecha. La Hermandad la celebró con regularidad, al menos hasta principios d elos años 1970. Los estatutos disponían asimismo la celebración en noviembre de una misa de réquiem genérica por todos los difuntos de la Hermandad, así como una misa rezada concreta en sufragio por el alma de cada hermano que fallecía. Este calendario de cultos fue ampliado posteriormente con la adición de misas en las conmemoraciones de santa Apolonia (en febrero) y de Nuestra Señora de la Salud (en septiembre), puesto que ambas llegaron a ser consideradas co-patronas de esta hermandad profesional. Igualmente la Virgen del Perpetuo Socorro, patrona de los médicos españoles desde 1941, fue venerada en su festividad por esta asociación.

      En cuanto al objetivo de mejoramiento moral y cultural de los hermanos, tenemos constancia que la hermandad organizó desde sus inicios conferencias formativas, normalmente de índole moral y deontológica, o bien alusivas a temas científicos relacionados con la profesión de sus componentes. La mayoría tenía lugar en el salón de actos parroquial de la Divina Pastora.

      Por lo que respecta al objetivo de caridad y beneficencia, la hermandad se comprometía reglamentariamente a visitar "a los hermanos enfermos o afligidos por alguna tribulación o desgracia". Los hermanos debían acompañar al Santo Viático cuando se le administraba a un hermano y asistir al sepelio de los hermanos difuntos. La corporación se responsabilizaba de atender a los necesitados que por circunstancias especiales quedaban fuera de la órbita benéfica de instituciones públicas y privados, especialmente los denominados enfermos vergonzantes.

      A partir del año 1968 no hemos hallado, por el momento, más menciones a las actividades cultuales y formativas de esta hermandad. Por razones diversas que no vienen al caso, el dinamismo inicial de la hermandad debió irse amortiguando. Finalmente, la junta de gobierno acordó dar por extinguida la Hermandad en noviembre de 1976.

      Las imágenes de los santos titulares, de pasta de madera y de tamaño pequeño, fueron adquiridas en 1956 y recibieron culto durante casi veinte años. Sin embargo, años después de que la hermandad profesional cesara sus actividades, estas imágenes fueron entregadas a la Cofradía de Jesús de la Misericordia (que quiso en su momento ser gremial de sanidad), la cual, una vez restauradas, las guardó y todavía custodia en su casa de hermandad.

       

      2.7. Iglesia de San Antonio.

      La iglesia de San Antonio, pequeña joya de la arquitectura neoclásica isleña, fue edificada en la calle Vicario según los planos dejados por Torcuato Cayón, célebre arquitecto gaditano. La céntrica iglesia formó parte de la historia religiosa isleña y del patrimonio local durante un siglo y medio. Fue cerrada al culto en la posguerra y demolida en los años 1970.

      Hasta la segunda mitad del Ochocientos parece que sólo radicó en esta iglesia la Congregación de la Virgen del Pilar, de la que ya hemos tratado anteriormente. Hubo un intento de fundar aquí en 1805 una Congregación de Individuos Esclavos del Santísimo Sacramento, según las reglas observadas en el oratorio público del Caballero de Gracia, en Madrid, pero las autoridades eclesiásticas gaditanas se opusieron a esta fundación, que no se efectuó. A finales del siglo XIX fue cuando se establecieron dos nuevas asociaciones de fieles en San Antonio.

      1. Congregación o Pía Unión de San Antonio de Padua. San Antonio de Padua o de Lisboa (1195-1231), el más popular de los santos franciscanos después del propio san Francisco de Asís, gozó de un culto extendidísimo entre los fieles católicos a lo largo de la historia, sobre todo a partir de la Contrarreforma Católica, debido a su fama de milagroso taumaturgo, sobreabundando sus imágenes que lo representaban como fraile joven, imberbe y con el Niño Jesús en brazos. La Real Isla de León tampoco fue en esto una excepción, como lo prueban las numerosas calles tituladas desde antiguo con el nombre del santo, la presencia de sus imágenes en casi todos los templos de la localidad (en algunos de ellos con altar propio, como las iglesias del Carmen y del Arsenal) y, sobre todo, la céntrica iglesia que se le dedicó en 1787 a iniciativa del matrimonio Cayón Santamand.

        Acaso existió una congregación para dar culto al santo taumaturgo desde el principio de la andadura histórica del templo del que era titular. No es ilógico suponerlo. Pero las fuentes consultadas nada revelan al respecto.

        La Congregación de San Antonio de Padua fue fundada en la iglesia del mismo título en 1886 a iniciativa del capellán del templo, don Laureano Pandelo Rodríguez. Su historia abarca unos setenta años en el transcurso de los cuales sólo conoció dos alteraciones destacables: 1) la transformación jurídica en Pía Unión de San Antonio, como adaptación a la regulación sobre asociaciones de fieles contenida en el nuevo Código de Derecho Canónico promulgado en 1917; 2) el traslado de sede, desde la iglesia fundacional, cerrada hacia 1940, al vecino Convento de las MM. Capuchinas, donde subsistió un par de décadas más.

        La única finalidad de la Congregación era promover la devoción y el culto al milagroso santo portugués y tenerle como modelo de vida cristiana. Los cultos principales consistían en una novena anual que culminaba con una solemnísima función principal con panegírico el día de la festividad (13 de junio). Los congregantes organizaban también cultos mensuales. Las primeras juntas de gobierno dan idea del carácter predominantemente eclesiástico que tuvo esta Congregación, al menos en sus inicios.

        La imagen de San Antonio de Padua a la que daba culto la Congregación era la propia titular del templo, una talla realizada en 1787 por escultor gaditano-genovés Juan Gandulfo, según está bien documentado. La imagen también acabó siendo depositada en la iglesia de las Capuchinas cuando se cerró el templo de San Antonio en la posguerra, venerándose durante muchos años en el cuerpo superior del retablo mayor de la iglesia conventual. Finalmente, las religiosas la cedieron a los PP. Capuchinos de Sanlúcar de Barrameda, en cuya iglesia puede contemplarse hoy día.
      2. Orden Tercera de San Francisco. Fundada en 1894, fue heredera, en cierto modo, de la antiquísima que se fundó en la Parroquia del Castillo en 1739 y que luego se trasladó a la iglesia del Hospicio de San Francisco, teniendo su mismo objeto y calendario de cultos.

        La Orden Tercera Franciscana de la iglesia de San Antonio estuvo activa durante toda la primera mitad del siglo XX. Al clausurarse el templo en los años cuarenta, los terciarios franciscanos se establecieron en el vecino Monasterio de las MM. Capuchinas, donde subsistieron en las décadas siguientes. Todavía en los años 1970, la Orden Tercera pasó a celebrar sus reuniones en la Iglesia Mayor Parroquial, y allí quiso reformar sus estructuras e insuflarles un nuevo estilo, de acuerdo con el espíritu del Concilio Vaticano II. Pero poco después cesó toda actividad.


      2.8. Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción (Auditor)

      Desde finales del siglo XVIII y durante la primera mitad del siglo XIX, fue una capilla privada sita en la casa principal de la familia Fernández de Landa y Vila, descendientes de don José de Vila y Cea, auditor de Marina, propietario de varias fincas en esa zona de la ciudad situada a espaldas del Ayuntamiento. Fue restaurada y destinada a capilla pública en 1866, bajo el título de la Asunción de Nuestra Señora, por la generosa decisión de las Srtas. Ana y Catalina Fernández de Landa. A fines de la centuria decimonona fue sede provisional de algunas órdenes religiosas que buscaban restablecer sus conventos (franciscanos, dominicos, agustinos). Finalmente fue sede estable de una residencia de PP. Claretianos Misioneros del Corazón de María durante cuarenta años (1909-1949), hasta que el templo fue clausurado debido a la marcha de los religiosos y luego demolido.

      Durante su historia central, la capilla del Auditor (como se la conocía popularmente) fue sede de varias congregaciones que dieron una floreciente vida religiosa a este céntrico y recoleto templo isleño. Curiosamente, la propia titular de la iglesia, Nuestra Señora de la Asunción, nunca tuvo hermandad propia. Sin detenernos en algunas muy minoritarias, como la Archicofradía de la Hora Santa (1903) o la Pía Asociación del Vía Crucis Perpetuo (1901), las más sobresalientes y duraderas fueron las que siguen.

      1. Archicofradía de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de San Alfonso María de Ligorio. Desde mediados del siglo XV se honraba y veneraba en la isla de Creta (Grecia) un sagrado icono de la Madre de Dios que se había hecho célebre por sus milagros. Huyendo del avance de los turcos, que habían tomado Constantinopla en 1453, un piadoso comerciante cretense se embarcó rumbo a occidente llevando consigo el milagroso icono para salvarlo de las profanaciones y exponerlo al culto en otra parte. Este milagroso icono greco-bizantino fue venerado durante tres siglos, bajo la advocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en la iglesia de San Mateo de Roma que regentaban los PP. Agustinos, donde siguió prodigando sus milagrosos favores. Tras sufrir diversos incidentes, la imagen fue confiada por el papa Pío IX a los religiosos redentoristas, cuya congregación había sido fundada en 1732 por san Alfonso María de Ligorio.

        Desde el año 1866, la imagen se venera en la iglesia romana de San Alfonso, en el Esquilino. En 1867 fue coronada solemnemente y en 1871 se fundó en Roma la Archicofradía de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de San Alfonso María Ligorio. El mismo Pío IX y sus sucesores se inscribieron en la misma y la enriquecieron con numerosas indulgencias plenarias y parciales. Los religiosos redentoristas propagaron por todas partes de un modo prodigioso el culto a esta advocación mariana, mediante imitaciones o facsímiles más o menos fieles del devotísimo icono.

        Esta milagrosa devoción llegó a San Fernando a finales del siglo XIX, colocándose por entonces diversos cuadros con la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro en los templos de la ciudad. Finalmente, la Real Archicofradía de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y san Alfonso María de Ligorio fue establecida en 1899 en la capilla de la Asunción o del Auditor, a iniciativa de su devoto e infatigable capellán don Pedro González Ballesteros.

        Tras las solicitudes oportunas, el obispo la erigió canónicamente y concedió licencia para agregarla a la prima primaria de Roma, lo que se llevó a cabo. La nueva corporación isleña celebró sus primeros cultos en junio del indicado año, con un solemnísimo triduo en la capilla del Auditor. En ese mismo año, o ya a principios de 1900, se construyó a un lado del presbiterio un suntuoso altar para la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, a la que se añadiría otro cuadro representando a san Alfonso María de Ligorio.

        El fin de la Archicofradía era honrar y propagar esta devoción mariana, contando con el patrocinio de san Alfonso María de Ligorio, segundo titular de la misma. La Archicofradía celebraba cultos solemnes anuales en las festividades de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (tercer domingo de junio) y de san Alfonso (2 de agosto). Igualmente organizaba cultos mensuales regulares el tercer domingo de cada mes. Los archicofrades debían realizar además una serie de prácticas piadosas, unas obligadas y otras recomendadas. El gobierno de la archicofradía recaía en una junta directiva compuesta de director espiritual, presidenta, secretaria, tesorera, camarera de la Virgen y tres consiliarias. El nombre de los cargos en género femenino indica con claridad que, estatutariamente, la junta directiva de la archicofradía estaba compuesta exclusivamente por señoras.

        La devoción caló muy hondo desde sus inicios en la sociedad isleña, inscribiéndose numerosos archicofrades y contando con generosos benefactores. No tenemos datos de que se vinculara de algún modo con la sanidad local. Por Real Orden de 22 de julio de 1926, la Virgen del Perpetuo Socorro había sido nombrada patrona del cuerpo y tropas de Sanidad Militar. Asimismo, el Consejo General de Colegios Médicos de España nombró en 1941 a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro patrona de los médicos españoles.

        Así se mantuvo por espacio de medio siglo, hasta la clausura en 1949 de la residencia isleña de los PP. Claretianos que regían la capilla del Auditor desde principios de siglo y el posterior e inevitable cierre de este céntrico templo. La Archicofradía parece ser que pasó entonces a la Parroquia de San Francisco. Todavía a principios de la década de 1960 celebraba allí sus cultos, aunque ignoramos si los tributaba al icono que se veneró en altar propio en la Capilla de la Asunción o al ya preexistente en la Parroquia Castrense.
      2. Congregación o Archicofradía del Niño Jesús de Praga. Fue fundada y aprobada en 1900, rigiéndose por los estatutos de la ya establecida en Cádiz y teniendo por objeto la propagación de la devoción y el culto a tan milagrosa advocación. A pesar de existir una iglesia exconventual del Carmen, la ciudad de San Fernando no había contado hasta entonces con una asociación de fieles que tuviera por titular a esta devoción de origen carmelita.

        Los solemnes cultos principales tenían lugar en la festividad del Dulce Nombre de Jesús. Los archicofrades debían recibir los sacramentos en la función principal de la asociación, rezar diariamente con intención de reparar las ofensas hechas al divino nombre, asistir a las funciones de la congregación y practicar otros ejercicios piadosos. La asociación mostraba predilección por los niños: los pequeños se consagraban al Niño Jesús y se ponían bajo su protección.

        La asociación parece que veneró dos imágenes titulares: una, existente sin duda desde la fundación en 1900; otra, bendecida en 1928. Desconocemos autores y detalles artísticos de ambas.

        Esta congregación decayó durante la posguerra y, sobre todo, desde el cierre de la Capilla del Auditor en 1949. Puede considerarse como un antecedente de la fundada en 1946 en la iglesia conventual del Carmen, anteriormente reseñada.
      3. Archicofradía del Inmaculado Corazón de María. Los PP. Claretianos, apóstoles infatigables de esta devoción que tenían por patrona y protectora, obtuvieron en 1860 de Pío IX la facultad de erigir asociaciones o cofradías del Inmaculado Corazón de María, facultad que fue ratificada e 1909 por Pío X. Así pués, los referidos religiosos las fundaron en las ciudades y misiones a las que extendieron su actividad apostólica, entre ellas la ciudad de San Fernando. Las apariciones de Fátima (1917) también contribuyeron mucho a popularizar esta advocación mariana.

        La Archicofradía del Inmaculado Corazón de María fue establecida en la capilla del Auditor en 1925, siendo superior el P. Gorgonio García. Los cultos estatutarios consistían en una misa todos los sábados, un ejercicio vespertino un domingo al mes, y una solemne novena anual con ocasión de la fiesta del Corazón de María, a cuyo final se celebraba solemne besamanos "desfilando los fieles todos los fieles ante el altar del Inmaculado Corazón de María y depositando un ósculo en el relicario que pendía del Sagrado Corazón". La imagen titular salió en procesión anual en los últimos años de la década de 1920 y durante la posguerra, incluso en los años 1950, recorriendo normalmente la llamada "carrera del Corpus Christi".

        La Archicofradía adquirió su imagen titular en 1926. Los devotos isleños la hicieron objeto de preciosas donaciones. Para ella se mandó construir el nuevo altar mayor de la Capilla del Auditor, labrado con ricas maderas de Guinea. Los padres claretianos le dieron tal impulso, que los fieles llegaron a identificar la imagen del Corazón de María como la titular del templo. La asociación poseía su estandarte corporativo, probablemente con el símbolo del Corazón de María, según figuraba en los escapularios que los claretianos tenían facultad de imponer: un corazón con los símbolos de llamas, azucenas y espada, que representan el amor, la pureza y el dolor del Corazón de María.

        La partida en 1949 de los misioneros claretianos que residían en la Capilla de la Asunción perjudicó a la Archicofradía isleña. No obstante, fue la única asociación que permaneció en la Capilla del Auditor tras la marcha de la comunidad religiosa, aun siendo la última fundada en esa iglesia. Coincidencias de la historia: el mismo año (1949) que se cerraba la capilla del Auditor en San Fernando se fundaba la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María en la iglesia de los claretianos de Sevilla. Hoy es una pujante institución unida a la sacramental de la parroquia y a la hermandad de penitencia establecida en la misma: la del Santo Cristo de la Misión.

        Finalmente la imagen titular fue trasladada a la Parroquia de San Francisco, a cuya jurisdicción pertenecía la Capilla del Auditor. Allí estuvo colocada en una repisa lateral del presbiterio. Ignoramos si pasó luego a otros templos isleños, aunque se ha dicho que estuvo también en el Hospital de San José y en el Colegio de los Hermanos de La Salle. Por último, la imagen del Inmaculado Corazón de María fue trasladada a la joven Parroquia de San José Artesano en los años setenta, parroquia que quiso ser heredera de la Capilla del Auditor y donde hoy día se venera.


      2.9. En otros templos isleños.

      1. Congregación de las Hijas de María. Fue fundada en el Asilo-Colegio de las HH. Carmelitas de la Caridad (c/ Colón) en 1895 y aprobada al año siguiente por la autoridad episcopal. Su fin y objeto era fomentar el culto a la Stma. Virgen, particularmente en el misterio de su Concepción Inmaculada. La asociación sirvió también como forma de agrupar a las ex alumnas del colegio que regentaban las religiosas, de modo semejante a la anterior.
      2. Asociación de la Veneración Perpetua al Purísimo e Inmaculado Corazón de María. Esta asociación es la única antigua hermandad que tuvo sede en el Hospital de San José de la que tenemos referencia. Fue fundada y aprobada en 1896, tal vez al amparo de las HH. Carmelitas de la Caridad que se habían hecho cargo del Hospital-Asilo, siguiendo el modelo de la archicofradía fundada en la parroquia de Nuestra Señora de las Victorias, de París, en 1836. Tal vez por ello usó a veces el título de archicofradía. Su finalidad era honrar a la Stma. Virgen y propagar la devoción a su Sagrado Corazón. Floreció en la primera década del siglo XX, celebrando regularmente sus cultos en la capilla de dicho establecimiento benéfico-sanitario. En la década de 1920 cesó su actividad, o bien se trasladó a la capilla del Auditor, donde los PP. Claretianos fundaron en 1925 la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, patrona de su congregación.
      3. Esclavitud de la Santísima Virgen del Rosario. Fundada en el Convento de las MM. Capuchinas. Fue aprobada por la autoridad episcopal en 1898 y tuvo vida durante el primer cuarto del siglo XX. Su objeto era fomentar la devoción al santo rosario, por lo que daba culto a la titular del templo conventual y llegó a tener estrechos vínculos con la antigua Hermandad de Nuestra Señora del Rosario de la Iglesia Mayor Parroquial.
      4. Cofradía del Cristo de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de los Afligidos. Fundada en 1902 y que se estableció a finales de 1903 en la planta baja del Hospital con entrada por la calle Tomás del Valle, fue una singular sociedad benéfica de corte obrero y objetivos sociales docentes, de vida muy corta. De ella ya hemos tratado por extenso en otras publicaciones, a las que remitimos.
      5. Congregación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús. Fundada en el Colegio-Convento de la Compañía de María a principios del siglo XX (desconocemos la fecha exacta). Formada e integrada por alumnas y ex alumnas. La imagen titular todavía recibe hoy día culto anual.
      6. Congregación de la Virgen de Lourdes. Fundada en el Colegio de las HH. Carmelitas en 1917, al socaire de la popularísima devoción francesa surgida a mediados del XIX, que por entonces se expandía por España.
      7. Congregación de la Inmaculada y San Juan Bautista de La Salle. Fue creada en el Colegio lasaliano en 1919, siguiendo el modelo de la congregación homónima que había sido fundada en Palencia en 1901. También agrupaba a alumnos y exalumnos del colegio.



      Hermandades de la posguerra extinguidas

        Fernando Mósig Pérez, 2007.

        3.1. Cristo de la Salud.

        El Santísimo Cristo de la Salud es sin duda la joya artística del patrimonio escultórico del templo carmelitano y una de las obras maestras indiscutibles de la escultura genovesa en Cádiz". La autoría de esta devota imagen, aunque no documentada, ha sido atribuida desde 1988 al genial escultor genovés Antón María Maragliano (1664-1739) por la profesora Fausta Franchini-Guelfi, especialista en la materia.

        La maravillosa imagen llegó al Convento del Carmen siendo prior fray Antonio de la Encarnación (1733-1736). Al poco tiempo, fue situada en un retablo de la nueva iglesia conventual labrado durante el priorato de fray Juan de la Virgen (1736-1739). Parece ser que en principio su título real era el de "Cristo de la Expiración", pero acaso los fieles comenzaron a denominarle "de la Salud" por haber ido adquiriendo fama de milagroso sanador, porque daba la salud, permaneciendo definitivamente con esta advocación popular. Conviene aclarar que esta denominación de ningún modo le viene por la falsa creencia de que se hubiera venerado en la extinta capilla de Nuestra Señora de la Salud (1788-1840), como se ha creído y hemos visto publicado no pocas veces. La imagen fue conocida también por otros títulos: Monfort se refirió ella en 1895 como "el gran Crucifijo de la Buena Muerte".

        El Santísimo Cristo de la Salud fue bien pronto objeto de la devoción de los fieles, manifestada tanto en donaciones para su culto como en los deseos que expresaron varios devotos de ser sepultados a sus plantas, en la bóveda de su capilla. Esta, por cierto, nunca tuvo propietario ni patrono, a diferencia de las otras capillas de esa nave de la iglesia carmelita. Del mismo modo, a los efectos que nos interesan, el Santo Cristo de la Salud jamás tuvo una hermandad o cofradía durante más de doscientos años, aunque aglutinara el fervor de los fieles.

        Un grupo de vecinos de San Fernando trató de crear en 1940 una Hermandad del Santísimo Cristo de la Salud, teniendo como modelo la Cofradía del Silencio de Cádiz. Pero, por lo que parece, la idea no cristalizó aún.

        Por fin, una Junta Pro Cultos llegó a constituírse en 1943 como mera asociación de devotos, con la autorización y consentimiento de la comunidad de religiosos carmelitas descalzos, aunque ignoramos si también con la aprobación del obispado. El fin primordial de esta Junta Pro Cultos era la organización de una solemne función el 4º domingo de cuaresma seguida de un quinario dedicados al Santo Cristo. Esta ceremonia litúrgica se celebró regularmente a lo largo de la citada década y primeros años de la siguiente, revistiendo siempre mucha brillantez y concurrencia. El Cristo de la Salud era trasladado solemnemente desde su capilla a un altar portátil que se colocaba en el presbiterio bajo un amplio dosel de raso que ocultaba el retablo mayor del templo. También era expuesto en solemne y devoto besapies el día de su festividad, aunque desconocemos con qué regularidad.

        Dicha Junta Pro Culto acordó en 1947 cesar en sus funciones como tal y constituirse en Esclavitud del Santísimo Cristo de la Salud, pasando los fondos de la junta a la nueva asociación. Esta constitución fue una decisión interna provisional, en tanto no se solicitaba y recibía la preceptiva aprobación de la autoridad eclesiástica. Sin embargo, este acuerdo no pasó de ser un deseo de facto, pues oficialmente la corporación siguió teniendo la categoría jurídica de Junta Pro Culto, aunque ella misma usara el título de Esclavitud.

        En 1954 volvieron a reanudarse las gestiones para que la Junta Pro Culto se constituyera en hermandad formal, pues aunque la asociación usaba el título de Esclavitud, no había sido erigida canónicamente. A este efecto, se llegaron a redactar ese año unas reglas de la "Hermandad de Indignos Esclavos de Cristo Crucificado en su consoladora advocación de la Salud" que, no obstante, nunca fueron aprobadas por el obispado. Concluida la Semana Santa de 1956, la directiva de la Esclavitud del Santísimo Cristo de la Salud acordó solicitar su constitución formal a la autoridad eclesiástica. Por primera vez, la asociación pidió abierta y resueltamente autorización para exponer el Cristo a la veneración pública cada Martes Santo, en una salida procesional que se caracterizaría por su penitencia rigurosa. La salida se llegó a anunciar por la prensa local en la primavera y el verano de 1956, dándose por segura para la Semana Santa de 1957.

        No obstanbte, la autoriudad episcopal decretó no procedía la solicitud de la Junta Pro Culto, aunque sin aclarar si lo que no se permitía era la erección canónica, la procesión, o ambas cosas. No obstante, la asociación continuó su actividad cultual, pero ya en estado de franca decadencia, hasta los primeros años de la década de 1960, en que se extinguió de hecho.

        Un nuevo intento de fundar una hermandad estable en torno a este Crucificado extraordinario tuvo lugar a principios de la década de 1970. Un grupo de jóvenes se congregó con la finalidad de darle culto y formarle una hermandad. La imagen de la Virgen de los Dolores, venerada en la capilla contigua, iba a ser cotitular. El grupo llegó a editar una especie de patente o título de hermano con una fotografía impresa del Santísimo Cristo. Pero finalmente no llegó a formalizarse. Estamos muy mal informados sobre este intento.

        La última vez que, según nuestros datos, se le quiso formar una hermandad estable a la imagen del Cristo de la Salud fue en los años 1980-81. No pasó de ser una espontánea agrupación de devotos, muchos de ellos alumnos del colegio "Liceo Sagrado Corazón" regentado por los padres carmelitas, que no fue sancionada formalmente. Los promotores, en buena parte, acabarían fundando la Hermandad del Rosario Doloroso de la parroquia de San José Artesano, a la que insuflaron el carácter sobrio y penitencial heredado de la Esclavitud del crucificado carmelitano.

        Concluimos añadiendo que la imagen del Santísimo Cristo ha presidido algunos cultos cuaresmales en la iglesia del Carmen durante los últimos años. Anualmente, un vía crucis cuaresmal por el interior de las naves del templo, incluso a veces por el claustro conventual, como acto penitencial organizado por la parroquia y comunidad religiosa, contando con la participación de las hermandades en ella radicadas. En alguna ocasión, la imagen fue trasladada al altar mayor para presidir los cultos cuaresmales.

         

        3.2. Jesús Cautivo.

        Una Junta Pro Cultos de Nuestro Padre Jesús Nazareno Cautivo y Rescatado fue establecida en San Francisco en 1943 y aprobada como tal por el obispado. Su finalidad era dar culto interno y externo a la imagen de Jesús de Medinaceli que se veneraba desde 1927 en la Parroquia Castrense, donada por la Sra. Viuda de Lora Ristori. Se ideó con estilo de cofradía de penitencia tradicional y con naturaleza de hermandad casi filial de la popular Esclavitud de Jesús de Medinaceli sita en la iglesia de los Capuchinos de Madrid.

        No obstante, tras unos prometedores meses de vida activa, la Junta Pro Cultos fue disuelta por la autoridad eclesiástica debido a varias razones, entre ellas sus desaprobados intentos de trasladarse de sede a la iglesia conventual del Carmen y de mandar tallar una nueva imagen titular.

        Esta cofradía nonata fue antecedente directo de la Esclavitud de Jesús de Medinaceli que se fundaría en la Iglesia Mayor Parroquial en 1945. Sobre esta Junta Pro Cultos ya hemos publicado bastantes datos en otro lugar, a los que remitimos.

        Otra asociación titulada Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Nuestra Señora de la Esperanza se intentó fundar en la Capilla del Auditor en 1944. Muy poco sabemos de ella. Parece que todo se limitó a un proyecto sin base real. En cualquier caso, los promotores llegaron a redactar unas constituciones en ese año y a presentarlas a la autoridad episcopal para su aprobación. Por ellas percibimos que esta hermandad quiso aunar en curioso y provechoso maridaje una cofradía de penitencia y una asociación mutualista obrera, pues pretendía ser gremial "de los productores" (es decir, de los obreros).

        Una heredera inconsciente, sin duda, de la Cofradía del Señor de la Humildad que se fundó a principios del siglo XX. Y un ensayo singular que no tuvo trascendencia real. Igualmente hemos publicado más datos sobre ella en otro lugar, a los que remitimos.

         

        3.3. Entrada en Jerusalén.

        El jubiloso pasaje evangélico de la Entrada de Jesús en Jerusalén, de secular tradición en la Semana Santa de capitales como Sevilla o Málaga, fue desconocido en la mayoría de las ciudades andaluzas con acervo cofrade, hasta que germinó prolíficamente en las fundaciones de la posguerra. La cofradía hispalense data de los primeros años del siglo XVII, y en 1618 se fusionó con la más antigua del Amor de Cristo, tal como siguen en la actualidad; en Triana hubo otra Hermandad de la Entrada en Jerusalén que fue aprobada en el año 1666. La de Málaga se fundó en el tránsito del siglo XVII al XVIII, pero según otas fuentes fue creada en 1772. Las demás, son tardías. La de Cádiz, por ejemplo, fue erigida canónicamente ya en 1943; la de Córdoba, fundada en 1944 y erigida canónicamente en 1963; la de Huelva, se fundó en 1945; la de Jerez, en 1949, etc.

        Por lo que respecta a San Fernando, ya en 1948 hubo un intento frustrado de fundar una cofradía de niños de la Entrada en Jerusalén. Un grupo de nueve jóvenes, la mayoría de ellos miembros de Acción Católica, encabezados por los señores Francisco Nieto Castañeda y Mariano Béjar, empleados de Marina, cooperadores de la parroquia y cofrades (el primero fue promotor de varias cofradías isleñas, singularmente la de Jesús de Medinaceli), solicitó a principios de ese año licencia para fundar una Cofradía Infantil de Nuestro Padre Jesús en su Entrada en Jerusalén.

        La fundación se pretendía hacer al estilo de las creadas por entonces en otras localidades de la diócesis como Puerto Real y Tarifa (ambas con una iconografía muy característica, seriada, de los talleres de Olot), es decir un paso de misterio acompañado por niños portando palmas y olivos. La finalidad era fomentar la piedad entre los niños con esta procesión atrayente e ilusionante, apartándolos de distracciones nocivas, y aumentar así el número de aspirantes a ingresar en la rama parroquial de Acción Católica. El obispo, don Tomás Gutiérrez, decretó el 7 de febrero de 1948 que autorizaba la constitución de la junta organizadora de esta cofradía infantil, la cual debía formar y redactar unos estatutos y presentarlos, para que el obispado resolviera lo que procediese.

        Animados por este inicial apoyo de la autoridad eclesiástica, los promotores organizaron una junta de gobierno y hasta mandaron hacer las imágenes del pasaje evangélico al que anhelaban dar culto. La prensa local llegó a anunciar que la cofradía estaba siendo formada por jóvenes de la población e incluso que las imágenes ya habían sido encargadas. La procesión iba a salir el Domingo de Ramos de ese mismo año desde la Iglesia Mayor a las cuatro de la tarde, los hermanos vestirían de calle portando palmas y olivos, recorrería el itinerario siguiente: Real, Alameda, General Valdés, Las Cortes, Muñoz Torrero, Calvo Sotelo, Colón, Escaño, Avenida de la Marina y plaza de la Iglesia. Pero la procesión tuvo que suspenderse porque, al parecer, las imágenes no llegaron a tiempo.

        La autoridad eclesiástica, además, se desentendió de este proyecto, a pesar de la insistencia de sus organizadores en promoverlo. Finalmente, como decimos, el intento se desvaneció por razones imprecisas y ambiguas. Desconocemos más datos sobre esta nonata cofradía, sobre estas palmas y olivos fugaces de la posguerra.

         

        3.4. Jesús Resucitado (Cargadores)

        Las circunstancias sociopolíticas de los años 40 del siglo XX posibilitaron la fundación en la Iglesia Mayor Parroquial de una hermandad de los cargadores en torno a la imagen de Jesús Resucitado. Esta fundación buscaba, por un lado, la integración obrera en las instituciones religiosas del Estado confesional de la posguerra a través de una hermandad corporativa; por otro, la potenciación litúrgica y el fomento del culto a la Resurrección, frente a las cofradías pasionistas tradicionales. En cualquier caso, fue una original y singularísima iniciativa isleña, muy anterior a la creación de las procesiones del Resucitado en ciudades como Sevilla o Jerez.

        Esta hermandad tuvo vida sólo durante cinco años (1947-1952) y únicamente como asociación admitida de hecho por la autoridad eclesiástica, pues nunca llegó a ser aprobada de derecho ni erigida canónicamente. Su historia se truncó bruscamente en menos de un año a partir de 1952.
        El párroco D. Camilo García Valenzuela adquirió en 1946 una imagen de Jesús Resucitado a los talleres de Olot (Gerona). Tras su bendición, el Sr. Cura debió pensar que una hermandad era un buen recurso para suscitar la piedad de los fieles por la nueva imagen y dar el culto debido al misterio principalísimo de la fe que representaba la imagen gerundense. Y si además mediante una futura hermandad podía atraerse a sectores sociales necesitados de acción pastoral, la solución se revelaría como excelente.

        A iniciativa parroquial, la nueva imagen isleña procesionó por vez primera al año siguiente: al amanecer del Domingo de Resurrección 6 de abril de 1947, recorriendo la llamada carrera del Corpus Christi. Tras la procesión siguió una solemne función religiosa. Por entonces, el párroco ya debía tener perfilado en su mente qué sector social iba a encargarse de la Cofradía del Resucitado.

        Finalizada la Semana Santa de 1947, el párroco don Camilo tuvo una reunión informal con los cargadores de los pasos: les alabó su arte así como la gracia y espiritualidad de su estilo meciendo los mismos, les expuso su preocupación y su interés por su formación religiosa y finalmente les sugirió la fundación de una hermandad propia de los cargadores en torno a la nueva imagen de Jesús Resucitado. La propuesta fue calurosamente acogida por los cargadores. En el acto se inscribieron más de cien como futuros hermanos. Así comenzó su andadura histórica la Hermandad de los Cargadores.

        No obstante, los primeros tiempos debieron ser arduos y lentos. Un año después de la reunión con el párroco, en febrero de 1948, todavía se hablaba de "junta organizadora" y de "futuros hermanos". Las fuentes consultadas reiteran que la hermandad llevaba un año de organización. Con motivo de una solicitud de autorización para impartir charlas cuaresmales a los cargadores fechada en febrero de 1948 y cursada por don Camilo ante las autoridades diocesanas, el párroco isleño aludió a que se estaba organizando la hermandad, expresando sin rodeos que se trataba de una cofradía suscitada para atraer a los obreros. Sin embargo, todavía no solicitaba el beneplácito episcopal ni presentaba reglas o constituciones para su aprobación canónica.

        Lo cierto es que la Hermandad del Resucitado no llegó a tener reglas o constituciones aprobadas por la autoridad eclesiástica. No sabemos si dispuso siquiera de unas normas de régimen interno que nos pudieran iluminar e informar sobre sus títulos, estructura, régimen económico, cultos obligados, fines de la asociación, etc.

        Por otra parte, la existencia de la hermandad de los cargadores sí que contó pronto con la aquiescencia, con el apoyo moral e incluso económico, de las autoridades civiles locales. Ya desde los primeros instantes fundacionales se vio con claridad que el dirigente y hermano mayor de la futura cofradía no podía ser otro más que el propio capataz de los cargadores: José Tinoco Mera. Como tal ejerció en los años sucesivos.

        La hermandad estaba constituida por todos los obreros cargadores asalariados de los pasos de las cofradías isleñas, al menos por aquellos encuadrados bajo las órdenes del capataz Tinoco (entre 150 y 200, según los distintos autores). Las fuentes de la época, al referirse a la Hermandad del Resucitado, hacen hincapié reiteradamente y resaltan inequívocamente que la misma estaba integrada por cargadores de los pasos. Ellos mismos, en sus saludas, oficios y proclamas de cultos se autodenominaban "cofradía de obreros isleños".

        Esta Hermandad de los Cargadores salió procesionalmente sólo en cinco ocasiones. Concretamente, en los domingos de Resurrección de los años 1948, 1949 (a pesar de la inclemencia del tiempo y el temporal de levante que imperó durante toda la Semana Santa de ese año), 1950, 1951 y 1952. El primer año (1948) efectuó la salida procesional por la mañana; sin embargo, la hora de salida habitual el resto de los años fue siempre las seis de la tarde. El itinerario siempre fue el de la llamada "carrera del Corpus Christi" clásica.

        Ningún documento de los consultados hasta ahora alude expresamente a que los hermanos cargadores vistieran alguna indumentaria peculiar y distintiva. Sin embargo, siempre se ha dicho que en el cortejo figuraron penitentes de túnicas blancas que llevaban levantado el antifaz y portaban cirios de gasolina (salvo el primer año de salida, en el que los hermanos formaron vestidos de calle). Al parecer, esas túnicas blancas fueron en un principio prestadas por la Cofradía de la Oración en el Huerto y luego, en los últimos años, donadas por el Ayuntamiento.

        Para la primera salida (acaso también para las siguientes) la Hermandad de los Cargadores contó con la colaboración de otras cofradías que cedieron sus enseres para que el Señor Resucitado pudiera salir en procesión decorosamente. La imagen titular fue casi todos los años (al menos, sí en 1949 y 1950) sobre el paso de la Esclavitud de Jesús de Medinaceli, cofradía que siempre colaboró estrechamente con la de los cargadores; en 1951, lo hizo sobre el paso de la Asociación Josefina.

        La Hermandad de los Cargadores celebró asimismo cultos internos. Se trataba siempre de un triduo y de una función solemne en honor de Jesús Resucitado. Las fechas de uno y otra variaron. Unos años, el triduo tuvo lugar durante la cuaresma, previamente al quinario del Nazareno (en 1949 y 1952); otros, comenzaba justo al finalizar la procesión (1950) o ya en la primera semana de Pascua (1948). La función solemne ofrecida por la hermandad tenía lugar normalmente en el mismo Domingo de Resurrección y con la imagen titular ya dispuesta sobre el paso exornado (1949, 1950, 1952), salvo la de 1948 que se celebró el primer domingo de Pascua.

        Según lo acordado con el Padre Valenzuela en los momentos fundacionales, los componentes de la hermandad no pagaban cuota alguna. Pero según otras fuentes, sí se descontaba una cuota de los salarios que ganaban como cargadores durante la Semana Santa, invirtiéndola en concepto de ayuda para el mantenimiento de la cofradía.

        La procesión de 1952 fue el último acto brillante de esta efímera cofradía. Llama la atención la rápida decadencia y el abrupto cercenamiento sufrido en tan sólo unos meses por una hermandad que parecía estar en la cúspide de su trayectoria y gozar de un futuro prometedor. Hoy día es arriesgado determinar a ciencia cierta las causas que provocaron la desaparición de la hermandad de los cargadores, máxime si se tiene en cuenta que se trata de hechos ocurridos hace relativamente poco tiempo. Para más información, remitimos a las varias publicaciones existentes sobre esta corporación proletaria cofrade.

         

        3.5. Nazareno del Carmen.

        Además de la hermandad de 1751, a la que nos hemos referido en el lugar correspondiente, hubo otros intentos de formarle hermandad a la devota y bella imagen de Jesús Nazareno venerado en la iglesia conventual del Carmen, pero ya muy posteriores, en el último cuarto del siglo XX. No sabemos si hubo propósito de fundar hermandades de Jesús Nazareno en el Carmen a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX. Es raro que en tan dilatado espacio de tiempo no hubieran cristalizado algunos intentos en este sentido, pues la imagen siempre contó con muchos devotos, pero no tenemos noticias de estas hipotéticas tentativas.

        La corporación en cuestión se intentó crear entre los años 1968-1969, bajo el título de Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y Nuestra Señora de los Siete Dolores. Sus promotores eran un grupo de trece alumnos del colegio "Liceo Sagrado Corazón" de los PP. Carmelitas Descalzos. Llegó a contar con algunos centenares de alistados y, en principio, con la anuencia de fray Eduardo Molina, párroco de San Servando y San Germán (como se titulaba entonces la parroquia del Carmen), y de los demás religiosos carmelitas. Ignoramos si se le otorgó formalmente la naturaleza jurídica siquiera de junta pro cultos. Parece ser que no.

        El grupo organizador diseñó un escudo con elementos alusivos a la condición de estudiantes de sus promotores. Imprimió póstulas a principios de 1969, buscando fondos para la salida procesional. Pretendía salir el Miércoles Santo. Adquirió para ello a finales de 1968 el segundo paso que tuvo la Hermandad de Jesús de la Misericordia (el primitivo de la de los Estudiantes), la cual había estrenado ese año el suyo actual tallado por Guzmán Bejarano. E incluso llegó a pedir prestados enseres procesionales a otras cofradías isleñas. El proyecto se malogró por causas que no vienen al caso. Sus organizadores más cualificados acabaron ingresando en otras hermandades isleñas.

        Por esa misma época, en un magno acontecimiento sin precedentes, la imagen de Jesús Nazareno, junto con la de la Virgen de los Dolores venerada en el altar vecino, llegó a salir en un devoto vía crucis por las calles de la feligresía del Carmen, a iniciativa del citado párroco fray Eduardo Molina. El inédito e irrepetido ejercicio piadoso tuvo lugar la tarde del Viernes de Dolores de 1969. La prensa provincial se hizo eco del original evento, al que calificó de "impresionante manifestación de fe y religiosidad", destacando que asistieron las asociaciones piadosas de la parroquia y "centenares de fieles", cubriéndose el itinerario previsto "en medio del fervor popular".

        Pocos años después, a fines de la década de 1970 y principios de la siguiente, hubo otro intento de establecer una junta pro cultos. Esta vez bajo el título de Jesús Nazareno de Pasión y María Santísima de los Siete Dolores. El grupo de devotos iniciador llegó a sacar nuevamente la imagen en vía crucis en la cuaresma de de los primeros años de la década de 1980, siendo párroco fray Serafín Fajardo. Estos piadosos ejercicios no tuvieron la repercusión y trascendencia del vía crucis de 1969. El nuevo intento de formar junta pro cultos estable, de todos modos, tampoco prosperó.

        Durante los últimos años de la década de 1980 y los primeros de la siguiente, la bella imagen de Jesús Nazareno recibió anualmente algunos sencillos y dignos cultos internos (particularmente un besa-pie el Domingo de Pasión) en la iglesia conventual del Carmen por parte de un grupo de devotos. La titulación ampliada que se ha venido utilizando últimamente para la sagrada efigie, es decir Jesús Nazareno "de Pasión", deriva del mencionado intento de formarle hermandad en los años setenta y también de los referidos cultos que se le han tributado el Domingo de Pasión. Pero es, por supuesto, arbitraria y caprichosa, careciendo de cualquier fundamento histórico.

        Por último, la imagen salió en devoto vía crucis durante la cuaresma de 2005 por el barrio del Carmen, tras lustros sin recorrer las calles isleñas.